sábado, 26 de septiembre de 2015

Te quiero, pero mi mujer no me deja... / Fabiola Cancino

Te quiero, pero mi mujer no me deja...

Fabiola Cancino

Sin mirarlo siquiera, dobló el periódico y lo aventó encima de una silla. Nerviosa, se paseó por la estancia mientras fumaba un cigarrillo y dejaba que el humo se quedara dentro, en sus pulmones, el mayor tiempo posible... lentamente lo dejaba salir y acomodaba los labios para que escapara hacia arriba. No era una acción meditada, más bien lo hacía en automático, así, en automático como rondaba una sola idea en su cabeza. Una brasa cayó al suelo y fue apagada de inmediato por uno de sus pies descalzos, como le gustaba andar cuando estaba en casa. No sintió dolor, eran más fuertes sus sentimientos, que provocaban que su corazón latiera desmesuradamente.

El periódico ligeramente se movió por el peso y quedaron descubiertas dos palabras del titular: “Por amor”... esa gastada palabra que tantas veces acariciaron sus labios cuando pensaba en él y que no se atrevía a repetir ante nadie... después de su historia, quién le iba creer que aún lo amaba.

Tomó el rotativo y lo extendió. Dio varios pasos hacia atrás y leyó –una y otra y otra vez– la frase, las ocho columnas del vespertino: “Se mató por amor”. No pensaba en la joven, ni siquiera intentaba imaginar su historia, su vida, su figura, a fin de cuentas para ella sólo representaba un fantasma, el fantasma de las próximas, en eso volaba su mente, en las muertas futuras, en su responsabilidad porque seguramente le seguirían varias, de eso no tenía la menor duda y se sentía culpable por lo que nunca ocurrió o que podría ocurrir...

Entonces le vino a la cabeza su imagen de cuando era joven: En la escuela para señoritas todas eran recatadas, obedientes, sumisas, incapaces de romper el orden, en el peor o mejor de los casos, había unas con la habilidad de decir o hacer las cosas más aventuradas para la época, a plena mitad del siglo XX, pero siempre en la clandestinidad, pues ante autoridades escolares y padres de familia eran las más chicas más sanas y sensatas.

Mariana siempre fue distinta. La rebeldía en la sangre se manifestó desde muy pequeña, su voluntad no se doblegaba ni siquiera cuando su padre –un español de costumbres estrictas, venido de la Madre Patria como polizonte, que hizo su fortuna de la nada y de la buena estrella, de la buena ventura de ser “hijo del sol”– la castigaba con el encierro y sin alimento, por llegar un par de minutos tarde a la casa o a la mesa, decir algo “incorrecto” o negarse a comer algo que le desagradara. Mantenía la mirada fija ante el regaño y lograba que su padre saliera de sus casillas al percibir el reto, y ni con una bofetada bajaba la vista, al contrario, parecía más fija, mientras sentía calor en la mejilla enrojecida.

La escuela a la que entró de joven era la misma a la que acudían todas las señoritas de la época, para convertirse en maestra, profesión que no era mal vista entre la clase media y algunos adinerados. De hecho, muchas sabían que no iban a ejercer la carrera, pues el destino ya estaba marcado para casarse y tener hijos.

Mariana no pensaba en el futuro, quería beberse el mundo y los pequeños sorbos siempre eran insuficientes, quería más... Una tarde después de pelear con su padre, decidió que no quería ese futuro y decidió casarse con el primero que apareciera.

Varias tardes después, el único maestro de la escuela, bastante más grande que ella, la invitó a salir, le dijo –sin cortapisas– que le gustaba, aunque ella en el fondo sabía que le gustaban todas, y sin mediar un romance, a media escalera, ella le pidió que se casarán... ni siquiera eran novios y unos días después se consumó el matrimonio. Ya era mayor de edad y no le importó el enojo de su padre, el llanto de su madre y las súplicas de sus hermanas.

Sin chistar, se dieron el sí quiero ante el juez civil; “después vendría la bendición del cura aunque ya sin vestido blanco”, pensó, pero eso nunca pasó.

La “luna de miel” la pasaron con la familia del él, en el pueblo, y más que nada fue una visita para pasar la prueba con la suegra: lavó a mano el piso de cantera roja, cuadro por cuadro, y preparó la salsa “borracha”, deshaciendo en la mano el chile pasilla, suavizándolo con jugo de naranja... no le pidieron que “echara” tortilla pues “vienes de la ciudad y allá no saben de eso”, pero pasó la prueba y ya con la aprobación de la familia, se juraron amor eterno y estar juntos “hasta que la muerte nos separe”.

La realidad la golpeó muy pronto. No había pasado ni un mes de feliz matrimonio cuando ya no se soportaban, pero ella lo seguía amando. La separación fue inevitable, como inevitable fue que llevara en las entrañas al “hijo del amor”.

Con todo, la pasión no murió y cada jueves lo esperaba en casa. Compraba los cigarros preferidos de él, comentaban lo más importante de sus vidas en la semana y hacían el amor... y así, en un tris, pasaron 18 años o ¿20 años?, ya no lo recordaba, de cualquier manera ahora daba lo mismo.

Los primeros años él insistió en que le diera el divorcio, pero ella se negaba. “No. Eres y serás siempre mi esposo”.

En cambio, él continuaba igual que entonces, cuando se conocieron, tras jóvenes ingenuas queriendo conocer el mundo con el “cosmopolita”... Y cuando la relación no daba para más, sencillamente las dejaba y sus súplicas no tenía eco, además de que tenía el pretexto perfecto: “Mi mujer no me da el divorcio”.

En múltiples ocasiones conseguía la dirección y las jóvenes suplicaban a Mariana que lo dejara libre. “Por favor, señora. Él me ama, pero si usted no lo deja, me va a abandonar”. Ni el llanto ni los argumentos más elaborados la hicieron cambiar de opinión... Esa tarde fue distinto.

Cuando sonó el timbre, con pereza fue a abrir... Entonces vio a una señora con los ojos hinchados, despeinada y vestida de negro...

Sin permitirle preguntas y sin saludo de por medio, la extraña atravesó la estancia y le aventó el periódico sobre la mesa:
–“Por favor señora, dele el divorcio de una vez... Mi hija se mató... No lo pude impedir... Un día antes yo había reñido con ella porque no lo quería dejar... ella me aseguró que él la quería, pero que no se podía casar por su negativa de darle el divorcio. Ahora mi hija está muerta, no quiso creerme que era una excusa, que no le interesaba casarse, sólo quería robarse su juventud... ¿cuántas más espera que mueran?”, escupió cada una de las palabras.
Nuevamente se dio la vuelta y salió.
Mariana se quedó temblando, no entendió nada, o mejor dicho no quiso entender... leyó el periódico atónita, lo volvió a leer, lo releyó... no había duda: “La joven Cristina N. se quitó la vida al cortarse las venas en el baño de su casa. En la carta póstuma declaró que fue por amor, ya que su novio, un maestro de la escuela donde estudiaba, se negó a casarse con ella, pues ya tenía un compromiso matrimonial, según el roto, pero su esposa se negaba a dar el divorcio...”.

Cuando vio la foto, recordó esos ojos negros, suplicantes, que 15 días atrás –un mes tal vez–, decían más que las frases que la joven intentaba articular pero que, en su candidez, no encontraba las palabras, sólo se percibía la humillación por el rechazo..