domingo, 26 de junio de 2016

Pom-Pom / Katia Torres Fragoso



Pom-Pom



Katia Torres Fragoso

Tengo un amigo que odia usar el reloj que se compró en su cumpleaños pasado, no es que le moleste a la muñeca o que le parezca feo, es solo que se dio cuenta que el tiempo es algo muy valioso como para medirse con números, como se hace con el dinero. 
Me lo explicó de forma sencilla, dijo que el paso de los días y las horas se debe contar con algo significativo y, para él, eso era la música. Así que, por ejemplo, llegar de su casa al trabajo le toma ocho canciones, ducharse dos y así para cada actividad. Al final, su vida es una interminable lista de reproducción.
Su hallazgo me pareció fascinante y tras escucharlo de pronto encontré qué hacer con esta rara afección que los doctores me habían diagnosticado un año antes. Dijeron que tenía hipersensibilidad cardiaco-perceptiva, o sea, estar consciente de cada uno de los latidos del corazón.
Llegó de pronto unas semanas después de mi cumpleaños número 28 y estaba segura que se trataba de presión alta, así que fui al doctor y todo parecía normal, tras varias semanas de pruebas y diferentes doctores, uno de ellos me dijo lo que tenía:
“Estás muy sana, lo único que pasa es que eres especialmente sensible a la actividad de tu corazón, es una condición que sólo tienen alrededor de seis personas en el mundo, pero no es peligrosa. Te recomiendo que  conserves la calma, lo más seguro es que se vaya así como llegó”.
Al principio todo era paranoia, no solo escuchaba un constante pom-pom, pom-pom  que salía de mí, también podía sentir cada contracción del corazón, pero estar ocupada de alguna manera disminuía la intensidad, así que siempre intentaba estar haciendo algo. Aunque luego de hablar con mi amigo, decidí que tal vez sería buena idea medir mi vida en latidos.
Empecé de a poco, primero midiendo para actividades sencillas como bañarme, que me tomaba en promedio 322 latidos y así con cada cosa.
Con el tiempo,  el fastidio se convirtió en placer. Mi corazón hablaba y yo lo escuchaba. Algunas personas se sientan a tejer o pintar para calmar los nervios, yo simplemente me ponía a contar mis latidos, a veces seguía hasta llegar a cifras de más de 14 dígitos y luego me detenía e iniciaba la cuenta otra vez.
Después dejé de contar para evitar la molestia de los números, fue entonces que me di cuenta que mi corazón no hablaba, en realidad cantaba o más bien interpretaba melodías. Las canciones eran diferentes cada vez y en realidad reflejaban a la perfección  cada situación de mi vida con sutiles variaciones entre una pieza y otra.
Mi vida pasaba de una sinfonía a una canción infantil a punk rock, a veces con gran velocidad, y otras podía tener un solo tono todo el día. En realidad es difícil de explicar, porque le pedí a mi novio, familia y amigos que escucharan y para ellos todo sonaba igual: pom-pom, pom-pom… La verdad no me importaba, todo me parecía mejor ahora que escuchaba la auténtica banda sonora de mi vida que además se podía sentir. No era un producto de segunda mano como las canciones ya cantadas por otros.
Hasta que un día, se detuvo de pronto, no había más música para mí. Los doctores entonces me dijeron que cómo no sabían las causas que habían detonado la condición, tampoco sabían cómo traerla de vuelta.  Tal vez regresara, tal vez no.
Me compré un metrónomo que ajusté al número de latidos que tenía en promedio al día, pero solo producía un aburrido tono y lo tiré a la basura tres días más tarde. Después de eso todo se fue en picada, perdí mi trabajo, dejé de ver a mis amigos y, la verdad, ya no le veía sentido a nada.
Fueron varios años los que tardé en percibir de nuevo la música, no importa cómo, conseguí encontrarme de nuevo con ella. Hasta ese momento mi único consuelo era tratar de reproducir las canciones en la memoria e intentar recobrar  la alegría que me causaban, por lo que cuando recuperé la condición no podía entender porque odiaba lo que oía y sentía.
Entonces aprendí que no solo era cuestión de percibir los latidos de mi corazón, sino de las canciones que éste cantaba para mí.

jueves, 19 de mayo de 2016

"Sí, ¡joto!" / Jorge Ramos

"Sí, ¡joto!"
Jorge Ramos
Es la tarde de un día poco caluroso de inicios de primavera. Ana y María Luisa caminan en los pasillos de la estación Hidalgo del  Metro de la Ciudad de México. Una es algo mayor que la otra, pero rondarán los 40 años de edad. Bromean porque el hijo de Ana se queja por su viaje subterráneo. Hubiera preferido el taxi Uber de las últimas semanas. Pero la contaminación que saca más de dos millones de autos al día por las malas políticas de gobierno en décadas, incluso antes de que nacieran ellas, hoy las obligó a usar el Metro. Con 4 años de vida, Pepito, de vivaces ojos negros y cabello rebelde como su edad, sigue rezongando.
- ¡Tú pinche joto! -suelta Ana a Pepito.
- Nooo... - responde Pepito, que se retuerce como un caracol al que echaron sal encima.
- ¡Sí, joto!, remacha la madre.
Siguen su camino. Como Santa Teresa, nada las turba, nada las espanta.

martes, 23 de febrero de 2016

Pequeño detalle / Fabiola Cancino

Pequeño detalle


Fabiola Cancino

Los accidentes en la Curva del Diablo eran la constante. Cada semana se registraban unos 10, entre vehículos que derrapaban, chocaban contra vallas de seguridad o que, de vez en cuando, caían por la barranca, pero pocas veces se incendiaban, por lo que cuando encontraron el auto de Ernesto, les llamó la atención que estuviera calcinado, aunque aún así consideraron que no era extraño que se haya rajado el tanque de gasolina y que una chispa se encargara del resto.

Los cuerpos de emergencia bajaron sin problemas; había un equipo especializado en rapel para agilizar los rescates ante el nivel de riesgo en esa autopista. El destino permitió que no se quemaran las placas y eso ayudó a saber que era el Datsun de Ernesto, que alguna vez fue azul. El conductor estaba irreconocible, pero no había duda de que era él.

Graciela, su esposa, llegó al área de gavetas de la morgue con un trabajador de la agencia del Ministerio Público y cuando destaparon el cadáver, más que dolor su rostro reflejó las nauseas que le provocó ver el cuerpo calcinado, mezclado con los signos de descomposición, un olor a quemado, formol y podredumbre que la acompañaría siempre; su estómago se contrajo unos segundos y logró evitar el vómito. Controlado el primer impacto, comenzó a llorar en silencio, con espasmos largos, como quien ya sabe una noticia pero espera no confirmarla.

Dos semanas antes había llegado a la misma oficina donde ahora firmaba papeles para que le regresaran a Ernesto, sólo que en esa ocasión fue para reportar su desaparición: "Nos peleamos esa noche, se fue muy molesto y no regresó. Ya va casi una semana. Al principio creí que me castigaba porque siempre decía que los problemas eran culpa mía, pero cuando lo busqué en su trabajo, me dijeron que tampoco había ido. Por eso decidí venir para que me ayuden a encontrarlo, pensé que podría ir a Solera, ahí en el puerto vive su amigo de toda la vida, pero le llamé y no sabe nada de él", relató sin asomo de duda de que era una pareja conflictiva y de paso deslizó una pista para que lo encontraran.

De ahí inició la peregrinación: ir al centro de personas extraviadas, llenar formatos, sacarle copias fotostáticas a la hoja oficial con foto y señas particulares de Ernesto, pegarlas en oficinas, estaciones del metro y cuanto lugar fuera posible. Fue una operación impecable.

Cuando lo encontraron en la Curva del Diablo, coincidió con el relato. Para el policía encargado de informar las malas nuevas, igual que para los agentes investigadores, la historia era simple: decidió huir a la playa con su mejor amigo y olvidarse de los problemas en la ciudad.

Ahora en la cárcel, Graciela repasaba una y otra vez el error. La confianza en el forma de morir no tenía cabos sueltos, pero ese pequeño detalle la puso tras las rejas. Unas cuantas preguntas habrían permitido cometer el crimen perfecto.

Las exequias fueron un acto íntimo: unos cuantos familiares y muy pocos amigos. Sólo hubo una corona de despedida y no hubo velorio, a las 12 de la noche Graciela pidió en la funeraria que cerraran la sala y por la mañana del día siguiente el cadáver fue incinerado. Las cenizas serían tiradas al mar, "como pidió cuando estaba vivo".

Esperó otras dos semanas y fue a tramitar el seguro de vida, 30 millones de pesos permitirían una vida sin complicaciones, en un lugar nuevo, aunque el costo era dejar de ver a la familia, a los amigos, pero eso era lo último que importaba. Ernesto contrató el seguro y a la hora de la muerte aún no terminaba de pagarlo, el plazo era a 20 años, pero la cobertura lo permitía, 12 mil pesos mensuales le daban el privilegio de que si fallecía durante el tiempo del pago, su familia estaría protegida. De hecho, su familia era sólo Graciela, pues de jóvenes decidieron no tener hijos y estaban tan habituados el uno al otro que pocas veces participaban en las convivencias familiares.

Mientras estaba en la oficina del asesor de la aseguradora, recordó los problemas que le había traído a Ernesto la mensualidad tan alta de la póliza: bajó el nivel de vida, aunque aún conservaban la casa, el auto, las joyas, y antes que deshacerse de sus pertenencias, decidió pedirle un préstamo a su jefe, que se volvió impagable, después solicitó un crédito en el banco; estaba al borde del infarto con tantas deudas y a punto de cancelar el seguro.

El asesor revisaba una y otra vez el folder con los documentos. Graciela se desesperó y le dijo que entendía que la compañía no quisiera cubrir la póliza, que si necesitaban más tiempo estaba bien. Pero el joven detrás del escritorio, le respondió que no se preocupara, que sólo eran revisiones de rutina. Se paró de su asiento y con una sonrisa le pidió que lo esperara un segundo, que regresaba rápido.

La espera fue eterna y cuando se dio cuenta, habían pasado más de 15 minutos, se levantó y al darse la vuelta, se topó con dos policías que la detuvieron. Entonces apareció el asesor y con la misma sonrisa encantadora, le dijo: "un fraude es muy difícil de encubrir y éste fue casi perfecto, pero algo no cuadraba… En su examen médico para obtener la póliza, su marido declaró no haber tenido ninguna cirugía; la autopsia reveló que el muerto fue operado de apendicitis".

Graciela gritó que la soltarán, que era una confusión, que ella nunca había hecho algo fuera de la ley, pero ya era tarde. En la cárcel, con el proceso enfrente, confesó la verdad. La noticia llamó la atención de los medios de comunicación y eso alertó a Ernesto, que puso pies en polvorosa. Estaba muy lejos, sabe dónde, pero fuera del alcance de la justicia. Ella pagó por los dos.

En su declaración, relató que un día dos años atrás cerca de su casa vio a un hombre de espaldas, lo llamó creyendo que era Ernesto, pero cuando éste volteó se dio cuenta de que era un vagabundo; el parecido era impresionante. Por la noche se lo contó a su esposo quien no le dio importancia, pero una semana después fraguaron el plan para, por fin, después de tres décadas de trabajar para tener una vida medianamente holgada, retirarse a gozar plenamente, sin ninguna clase de ataduras, libres.

Primero convencieron a Ricardo, el vagabundo, de que entrara a su casa. Ahí, le dieron de comer, le regalaron ropa de Ernesto y dejaron que se bañara. El hombre platicaba cosas incoherentes y le preguntaron por su vida, sin que se les ocurriera siquiera cuestionar algo sobre su salud.

Pese al evidente desequilibrio mental, era muy dócil, por lo que no fue difícil convencerlo de vivir en un albergue.

Casi dos años después lo regresaron a su casa a Ricardo y, como una broma macabra, le ofrecieron su última cena, con una alta dosis de Valium, la suficiente para dormirlo sin que dejara huella. Graciela le pidió el auto a su hermana y con los dos coches se fueron a la Curva del Diablo; ahí, lo colocaron en el asiento del conductor y empujaron el vehículo para tirarlo por la barranca; Ernesto bajó con cuidado, quitó el tapón de gasolina e inició el fuego… lo demás fue historia.

jueves, 21 de enero de 2016

Palabras difíciles / Esther Sánchez


Palabras difíciles 

 
Esther Sánchez





Al escuchar el alarido, la mujer robusta entra corriendo al baño de mosaicos grises y mira en la tina de azul cobalto, a la niña recostada sobre su costado izquierdo; la llave, convertida en un volcán en erupción, escupe violentamente el agua, que se expande por el mueble y cubre la mitad del pequeño cuerpo.
La mujer de tez morena arranca la bata del toallero y abandona el cuarto de baño con la niña en brazos. No se detiene a cerrar la llave. Esta aturdida, le cuesta respirar y un cosquilleo recorre su cuerpo. Dos pares de ojos infantiles la observan inquisidoramente y la hacen trastabillar, pero logra llegar con el bulto a la cama, lo abandona y sale disparada en busca del teléfono.
El chillido escalofriante la persigue, retumba por toda la vivienda; anuncia la tragedia.
                                                              *****
Raúl se marcha cuando todavía esta oscuro y la vecindad en silencio. En el pasillo se encuentra a don Chava, quien carga dos vitrinas repletas de gelatinas y a Lupe, la del 4, que despide al último cliente de la noche. 
Angélica lo sigue de cerca. Él insiste en que se regrese, pero ella lo ignora; los 300 metros que caminarán hasta la avenida, es el único momento que estarán a solas. La penumbra y el fresco de la mañana serán sus aliados. La joven no durmió. Una década atrás no hubiera podido hacerlo y ahora ya nada se lo impide. Su corazón late con fuerza y ella aprieta los labios, no quiere que nada delate la sorpresa que tiene preparada.
Cada mes, Raúl es “huésped” -por dos días-, de Angélica y Martha. Llega con dos maletas repletas de perfumes, ropa y porcelana; extiende la mercancía sobre la cama y mesa, llenando de colores y exquisitos aromas la pequeña vivienda.
*****
Angélica es bravia, de ojos son grandes y profundos. Le gusta bailar, arreglarse el cabello y vestir minifaldas con mallones y blusas de manga, siempre en tonos pastel. En su armario no hay una sola prenda en color gris ni azul cobalto.
Pronto cumplirá 18 años y está feliz porque sus citas al hospital se han espaciado. 
Martha tiene 48 años. A los 30 comenzó a secarse luego de una quemadura en el tubo digestivo, Come poco y casi siempre desayuna lo mismo y en el mismo changarro; un sope sin grasa y con poquita salsa. Le quita la orilla y le da pellizquitos que se lleva a la boca, teme atragantarse. Ella dice que sólo disfruta la caguama, que le pasa sin lastimarle la garganta. Es limpia, pero se mira descuajeringada, porque todas sus prendas le quedan grandes y su ralo cabello no se aplaca. 
La “ayuda” de Raúl no alcanza para cubrir todos los gastos, por eso, Martha lava y plancha ropa ajena; quiere que Angélica sea profesionista.
*****
Las caderas de Martha eran redondas y tenía una hermosa mata de cabello negro cuando se enamoró de Raúl, un ferrocarrilero. Se casaron. Ella trabajó hasta después del matrimonio, quería no extrañarlo tanto. Siete años busó quedar embarazada. No sucedió y él le pidió el divorcio. Raúl se fue a radicar a Estados Unidos, pero regresaba al Distrito Federal y se hicieron amantes. 
En una de sus visitas  Raúl llegó a la vivienda de Martha con un pequeño bulto - producto de una aventura con sabrá Dios quien- y lo dejó sobre la cama: Ya tienes una hija, ¡cuídala!, le ordenó y se marchó
Martha llamó al bebé Angélica y la amó. Cuando la niña tenía tres años, Raúl la arrebató de sus brazos; tendrá una mejor vida, una familia, -le dijo- y se marchó.
Raúl se había casado en Estados Unidos con una mujer que tenía un hijo de siete años y una hija de nueve. Los hermanastros rechazaron a Angélica, pero al padre eso le pasó desapercibido.
Una tarde, los niños decidieron bañar a la huérfana en la tina; la desnudaron, la sentaron en el frío mueble, abrieron la llave del agua caliente y se escondieron detrás de la puerta.
Raúl y su mujer gringa no estaban, fue la sirvienta Aidee, salvadoreña de 40 años, quien corrió en auxilio de Angélica y fue ella, quien pagó con cárcel la maldad de los niños.
Las quemaduras fueron de segundo y tercer grado en el costado, brazo y pierna izquierdos; la niña estuvo 18 meses en el hospital. 
Raúl regresó a México un año después del “accidente”. Encontró a Martha envejecida y enferma. Las vecinas le platicaron que la ausencia de la niña la deprimió y comenzó a emborracharse. Abandonó el trabajo y hablaba de suicidio. Ellas, la hallaron convulsionando y el cuerpo lleno de vómito; había tragado veneno de ratas.
"Tendrás a tu hija de vuelta", prometió Raúl a Martha, quien sintió que el alma volvía a su cadavérico cuerpo.
Angélica tenía siete años cuando regresó al hogar de Martha y nunca la ha llamado madre.
*****
El grácil andar de Angélica contrasta con las zancadas de su padre. Caminan en silencio.
La respiración de Raúl es afanosa; Angélica tiene un brillo especial en el rostro.
En la niñez llegó a sentirse fea, repulsiva y huía de la compañía de otras personas, que no fueran Martha. Ahora, es su padre quien parece huir de ella.
- Ya no tarda en amanecer, dice él.
- Cierto padre, pronto veremos la luz de este nuevo día.
El taxi llega pronto, Raúl le da un beso en la mejilla y le dice ¡cuídate!
Angélica lo toma del brazo, acerca los labios al oído de su padre y le dice; “Salúdame a esos hijos de perra", su voz es como de rayo y el cuerpo del hombre se estremece, quiere alejarse, pero ella lo tiene prensado, no hay escapatoria. "Siempre supiste que fueron ellos, ya te perdone, te amo", le dice y lo suelta.
Raúl no sabe que responder, sólo atina a aventar sus maletas al vocho, se trepa, cierra la puerta y mira su reloj. El vehículo se aleja y él ya no levanta el rostro.
Angélica ya está de regreso a casa, el viento sopla, lacera su pierna y brazos quemados, no le importa, pronto saldrá el sol.
Llega a su vivienda, Martha la espera con el agua lista para que se bañe. Angélica se para frente a ella, la abraza con fuerza y le dice, ¡te amo madre!


viernes, 1 de enero de 2016

Negociadores / Katia Torres

Negociadores

Katia Torres

Una cosa rarísima. Sacas a pasear a tu perro al parque, lo llevas sin correa porque tus amigos y vecinos dicen que es lo más decente: no amarrar al pobre. Así que, para quedar bien, te pones a entrenarlo por seis meses hasta que logras que sea obediente y no corra detrás de cada pajarito que vea.
Pero esa noche tu perro decide tirar todo eso por la borda y sale corriendo detrás de una gran rata blanca. La verdad, dudas por una fracción de segundo ir detrás de él.
- Igual y regresa, o si no, que ya se pierda- dices para ti, pero luego te sientes culpable y piensas en lo que te van a decir tus amigos y vecinos, así que vas detrás de él y llegas justo a tiempo para ver como entra en agujero al pie de un árbol.
Gritas el nombre Calcetines -como le pusiste a tu perro y luego te arrepentiste- esperando que salga, pero siempre ha sido un poco cretino (vomita en tu colcha y se orina en tus pantuflas) y no lo hace. Vuelves a contemplar la opción de abandonarlo, cuando de pronto ladra, y como ves que el hoyo es tan grande, decides entrar a buscarlo.
-No más paseos por al menos un mes- piensas mientras vas a gatas por el túnel de tierra, de pronto ves su cola peluda y estiras los brazos para atraparlo, pero el camino se tuerce y empiezas a caer por una especie de pozo.
Caes rápidamente, pero el pozo parece tan profundo, que te da tiempo para pensar, por ejemplo, en que esta situación te suena de algo, pero no sabes qué. Luego te das cuenta que es como Alicia en el País de las Maravillas, solo que a tu alrededor solo hay tierra y todo está muy obscuro. Deseas haber seguido a un conejo que habla en vez de a una rata blanca.
De pronto ves un puntito de luz bajo tus pies que rápidamente se va haciendo más grande y notas que estás cayendo directamente a la copa de un árbol. Das el primer impacto, que te duele hasta el alma, luego intentas sujetarte y fallas. Notas que estás cayendo exactamente sobre el mismo árbol con el hoyo a sus pies por el que entraste. 
Llegas al suelo y te quedas ahí, sin poder moverte, porque seguro te rompiste un brazo y Calcetines se queda echado a tu lado como si nada. Han pasado un par de minutos cuando de pronto oyes que alguien se acerca y no puedes creer lo que ves, frente a ti hay alguien igual a ti ¿o eres tú? Y lo más inteligente que se te ocurre hacer es preguntarle (o preguntarte) es si estás muerta.
-¿Muerta?- contesta aquella mujer igualita a ti- si estuvieras muerta, lo sabrías, no me tendrías que preguntar. Aquí lo extraño es lo mucho que nos parecemos, ¿no crees?
La mujer ofrece llevarte a su casa y no puedes evitar confiar en ella, después de todo, es igualita a ti. Te lleva por un sendero igual que por el que llegaste al parque, platican de la caída, de Calcetines y del perro de ella que se llama Tenis, el cual nunca saca a pasear porque dice que es un cretino, de lo mucho que se parecen, y crean teorías como que tal vez fueron gemelas separadas al nacer, cuando se detiene justo en frente de tu casa y te dice que ese es el lugar donde vive.
Entras a la casa, esperando que te salga alguien con una cámara gritando que es una broma, pero no pasa nada. Piensas que tal vez estás confundida por la caída, pero mientras recorres la casa encuentras detalles sutiles que la diferencian de la tuya, como el color de algunas paredes o decoraciones que nunca has visto. Te recuestas sobre el sofá y lees los títulos del librero que está enfrente. No te suena ninguno, tampoco los autores. Y tú lees, y mucho, pero no conoces a ninguno.
Te sugiere llevarte al médico para atender tu brazo que francamente se ve muy hinchado y morado. Vas de copiloto en lo que parece tu propio carro, aunque los sistemas de medición de velocidad son algo diferentes. 
Entran a un túnel y de pronto una camioneta que va por la vía contraria se mete en tu carril y choca de lado al auto que está justo enfrente de ustedes. Julia (como se llama la mujer igualita a ti) logra frenar y tú vuelves a golpearte el brazo. De la camioneta sale un hombre aparentemente ebrio y empieza a maldecir.
El asiento del conductor del otro carro quedó destrozado y preguntas a Julia si el hombre estará bien.
- No, seguro ha muerto. No creo que lleguemos pronto al hospital, debemos esperar a que lleguen los negociadores, para que abran el camino, déjame ver si traigo en la guantera algo para tu brazo.
Ves llegar a la policía, a la ambulancia y a los agentes de las empresas aseguradoras. Ves que todos hablan entre sí y luego se quedan parados como esperando algo.
-¿Qué esperan?, preguntas a Julie.
-A los negociadores, claro.
-¿Negociadores?
Antes de que Julia pueda contestar, un rayo con una luz muy brillante cae junto al auto y con ella aparece un hombre alto, joven, con cabello blanco y muy sonriente. Acto seguido después de una breve vibración, como salido de la tierra, surge otro hombre también bastante alto, barbado con cabello y traje negro. Ambos sujetos se dan la mano y sacan de sus bolsillos una especie de piedra con forma cuadrada y empiezan a observarla y tocarla como si fuera un smartphone.
- Por fin llegaron- dice Julia.
-¿Quienes?
- Los negociadores, ¿de donde tu vienes no tienen negociadores?
La verdad no entiendes nada de lo que está pasando y pides a Julia que te explique.
- Bueno, cuando mueres llegan los negociadores. Son los encargados de decidir si vas al cielo o al infierno. Ven, tal vez podamos oír como negocian.
Bajas del auto y te unes a la bolita de curiosos que rodean a los negociadores.
-Sí, Monty, se que no te han tocado muchos últimamente, pero esa no es razón para que te regale a este- dice el hombre de traje negro.
- Ambos sabemos que los dos últimos te los ganaste con un poco de trampa- contesta el hombre de traje gris en tono serio.
El hombre de traje negro suelta una carcajada y sigue presionando su piedra en la que aparecen y desaparecen gráficos y estadísticas. Lo mismo el hombre de traje gris.
-¿ Y eso sucede cada vez que alguien muere?- preguntas.
-Pues sí, debe existir un proceso justo antes de que decidan a dónde vas a parar en la eternidad.
-Tú has visto muchas de estas, ¿cómo dices?, ¿negociaciones?
-No realmente, esta sería la tercera, y la verdad no es muy divertida. Cuando murió mi abuelo estaba toda la familia. El pobre tuvo un agonía larguísima y cuando por fin se fue, y llegaron sus negociadores, no se pudieron poner de acuerdo como por tres horas, discutían y discutían. Fue muy divertido, sobre todo por el “acto final” . Creo que también los negociadores se caían mal entre si y eran mayores. Estos se ve que se llevan bien y son jóvenes.
-¿Acto final?
- Sí, ¿ves esas cosas que tienes en sus manos? Es como un aparato que transforma en números todas las acciones de tu vida: buenas, malas y neutrales. Sin embargo, tu última acción, aunque tiene un gran peso, no aparece ahí. No sé muy bien como funciona, pero el acto final es algo así como el 30% de todas tus acciones, por eso la frase “vive la vida como si siempre fuera tu acto final”, es muy famosa.
-¿Y cómo deciden si tu acto final es bueno o no?
-Pues los negociadores llegan a un acuerdo. En el caso de mi abuelo, la mayor parte de su vida fue neutral, como la mayoría, y el problema es que su acto final fue un poco negativo, decidió que a su funeral no fuera su hermano, porque siempre peleaban. Son las reglas, sabes, realmente a nadie le importaba si iba o no, pero al final fue al cielo. Fue duro, ambos negociadores terminaron sudando, pero la familia se alegró de que todo terminará así, a veces es un poco de suerte. Mira ya llegaron a un acuerdo.
Frente a ti los negociadores se dan la mano.
-Está bien, Monty, ganaste por hoy. Como siempre, un placer negociar contigo- dice el hombre de traje negro con una gran sonrisa y ambos desaparecen de la misma forma en como llegaron. Una cosa rarísima.
Regresas a casa de Julia luego que el médico solo te puso una venda. Al día siguiente, después de meditarlo toda la noche, decides que entrarás por el agujero nuevamente a ver si así regresas a tu hogar.
Calcetines y tú entran por el hoyo y después de gatear por el un rato finalmente empiezan a caer, esta vez esquivas las ramas y caes directo al suelo. Te levantas y Calcetines emprende la carrera y tú vas detrás de él, gritas y esperas que pare, pero antes que puedas alcanzarlo un coche lo atropella.
El hombre que conducía el auto se disculpa, luego te dice que todo es tu culpa por no ponerle correa y se va. Te preguntas si los perros también tendrán negociadores. Esperas que caiga un rayo o que vibre la tierra, pero nada de eso sucede. Pero estás segura: Calcetines se iría con el hombre de traje negro.