Pom-Pom
Katia Torres Fragoso
Tengo un amigo que odia usar el reloj que se compró en su
cumpleaños pasado, no es que le moleste a la muñeca o que le parezca feo, es
solo que se dio cuenta que el tiempo es algo muy valioso como para medirse con
números, como se hace con el dinero.
Me lo explicó de forma sencilla, dijo que el paso de los
días y las horas se debe contar con algo significativo y, para él, eso era la
música. Así que, por ejemplo, llegar de su casa al trabajo le toma ocho
canciones, ducharse dos y así para cada actividad. Al final, su vida es una
interminable lista de reproducción.
Su hallazgo me pareció fascinante y tras escucharlo de
pronto encontré qué hacer con esta rara afección que los doctores me habían
diagnosticado un año antes. Dijeron que tenía hipersensibilidad
cardiaco-perceptiva, o sea, estar consciente de cada uno de los latidos
del corazón.
Llegó de pronto unas semanas después de mi cumpleaños
número 28 y estaba segura que se trataba de presión alta, así que fui al doctor
y todo parecía normal, tras varias semanas de pruebas y diferentes doctores,
uno de ellos me dijo lo que tenía:
“Estás muy sana, lo único que pasa es que eres
especialmente sensible a la actividad de tu corazón, es una condición que
sólo tienen alrededor de seis personas en el mundo, pero no es peligrosa. Te
recomiendo que conserves la calma, lo más seguro es que se vaya así como
llegó”.
Al principio todo era paranoia, no solo escuchaba un
constante pom-pom, pom-pom que salía de mí, también podía sentir
cada contracción del corazón, pero estar ocupada de alguna manera disminuía la
intensidad, así que siempre intentaba estar haciendo algo. Aunque luego de
hablar con mi amigo, decidí que tal vez sería buena idea medir mi vida en
latidos.
Empecé de a poco, primero midiendo para actividades
sencillas como bañarme, que me tomaba en promedio 322 latidos y así con cada
cosa.
Con el tiempo, el fastidio se convirtió en placer.
Mi corazón hablaba y yo lo escuchaba. Algunas personas se sientan a tejer o
pintar para calmar los nervios, yo simplemente me ponía a contar mis latidos, a
veces seguía hasta llegar a cifras de más de 14 dígitos y luego me detenía e
iniciaba la cuenta otra vez.
Después dejé de contar para evitar la molestia de los
números, fue entonces que me di cuenta que mi corazón no hablaba, en realidad
cantaba o más bien interpretaba melodías. Las canciones eran diferentes cada
vez y en realidad reflejaban a la perfección cada situación de mi vida
con sutiles variaciones entre una pieza y otra.
Mi vida pasaba de una sinfonía a una canción infantil a
punk rock, a veces con gran velocidad, y otras podía tener un solo tono todo el
día. En realidad es difícil de explicar, porque le pedí a mi novio, familia y
amigos que escucharan y para ellos todo sonaba igual: pom-pom, pom-pom… La
verdad no me importaba, todo me parecía mejor ahora que escuchaba la auténtica
banda sonora de mi vida que además se podía sentir. No era un producto de
segunda mano como las canciones ya cantadas por otros.
Hasta que un día, se detuvo de pronto, no había más
música para mí. Los doctores entonces me dijeron que cómo no sabían las causas
que habían detonado la condición, tampoco sabían cómo traerla de vuelta.
Tal vez regresara, tal vez no.
Me compré un metrónomo que ajusté al número de latidos
que tenía en promedio al día, pero solo producía un aburrido tono y lo tiré a
la basura tres días más tarde. Después de eso todo se fue en picada, perdí mi
trabajo, dejé de ver a mis amigos y, la verdad, ya no le veía sentido a nada.
Fueron varios años los que tardé en percibir de nuevo la
música, no importa cómo, conseguí encontrarme de nuevo con ella. Hasta ese
momento mi único consuelo era tratar de reproducir las canciones en la memoria
e intentar recobrar la alegría que me causaban, por lo que cuando
recuperé la condición no podía entender porque odiaba lo que oía y sentía.
Entonces aprendí que no solo era cuestión de
percibir los latidos de mi corazón, sino de las canciones que éste cantaba para
mí.