Medias negras
Astrid Rivera
Eran
las tres de la mañana cuando un golpe en la pared vecina interrumpió el
sueño de Eusebio, súbitamente abrió los ojos, se incorporó, volteó de
un lado a otro, esperó unos minutos para volver a escuchar el ruido y
poder identificar su origen, pero no escuchó nada.
Eusebio
volvió a acostarse, trataba de dormir, pero la manera en la que fue
interrumpido su descanso le provocó un malestar, deseaba seguir
durmiendo pero miles de pensamientos cruzaban su mente, se detuvo en
uno, en tratar de adivinar de dónde había provenido el ruido responsable
de su insomnio. Pensó que tal vez alguien había movido un mueble, sin embargo se preguntó ¿quién movería muebles a las 3 de la mañana?, después recordó que los vecinos se habían quejado constantemente de una plaga de ratas que había infestado el edificio en el que habita.
" Sí debieron ser las ratas", se dijo a sí mismo.
Convencido con esta suposición, recobró el sueño y nuevamente volvió a quedarse dormido, cuando el despertador sonó, eran las 6:30 y debía levantarse para ir a trabajar.
Eusebio trabajaba en una institución gubernamental, era sindicalizado, su trabajo consistía en sacar fotocopias, labor que había desempeñado por casi 40 años. La luz de la fotocopiadora le había afectado la vista de su ojo izquierdo, por el que ya no veía más que sombras.
Su trabajo era monótono y sin emoción alguna. Había entablado amistad con los trabajadores de mantenimiento, con los de mensajería y las secretarias. Sus compañeros lo apodaban "el abuelo". Era un hombre silencioso. A veces su presencia pasaba desapercibida por el silencio de sus zapatos de suela de goma.
Los días que había fútbol, en la oficina se organizaban para que alguien llevara la televisión, otro las botanas y refrescos. Cuando jugaba la selección mexicana, la oficina se convertía en una kermés, y esos días los trabajadores se daban el lujo de dejar sus labores al garete.
A excepción de los días de futbol, los demás eran bastante comunes. Eusebio trabajaba desde 9 de la mañana y a las 6 en punto estaba con un pie afuera de la oficina.
Todos los días eran igual. Se levantaba, se arreglaba, desayunaba, tomaba el metro, se bajaba en la estación Ermita, caminaba unas cuantas cuadras y llegaba a la oficina. A sacar copias. Quién sabe cuántas miles de copias había sacado en 40 años.
Las semanas y los meses transcurrían sin novedad alguna.
Al llegar una noche a su departamento las luces de las sirenas de las patrullas llamaron su atención, conforme fue acercándose a su edificio se percató que la entrada estaba acordonada.
Un policía le impidió la entrada tajantemente. Por unos instantes Eusebio forcejeó con los uniformados para que lo dejaran pasar, les explicó que él vivía dentro. Cuando logró abrirse paso, dos hombres lo rozaron. Llevaban una camilla a una persona cubierta completamente por una manta blanca. De aquel cuerpo inerte sólo se observaba la muñeca izquierda en la que portaba una pulsera de diamantes; la extremidad colgaba de un costado de la camilla.
Eusebio vivía en el departamento número 225 de la calle 3 Cruces esquina con el Eje 9 Sur, era una unidad habitacional; la gente que vivía ahí era tranquila, no generaba mayor problema, excepto una, su vecina de a lado, se había mudado unos meses atrás.
Era una mujer madura de unos 45 años, siempre vestía faldas muy por arriba de las rodillas que dejaban al descubierto sus piernas torneadas enfundadas en unas medias de red negras y zapatillas de charol del mismo color.
Tenía unas caderas prominentes y un escote que presumía con cada prenda que usaba. Pero su cara desentonaba con su cuerpo, tenía los ojos hinchados como sapo y un lunar a la altura de la comisura izquierda de los labios.
Cuando Eusebio llegaba ella salía, apenas cruzaban unas cuantas palabras, cosas sobre el edificio y el clima. Era el único con quien aquella mujer hablaba, ni siquiera sabía su nombre, pero por alguna razón le simpatizaba.
Habían pasado algunos días desde que no saludaba a aquella mujer; una noche en la que no lograba conciliar el sueño súbitamente se acordó de ella, la última vez que la vio fue en las escaleras del edificio, corría frenéticamente hacia la salida, llevaba una maleta color beige. Eusebio pensó que tal vez se había mudado.
Por la mañana cuando se preparaba para ir para su trabajo, se percató que del techo goteaba un líquido espeso color escarlata, pero no le dio importancia y continuó con su rutina.
Al salir al pasillo del edificio en el ambiente flotaba un fétido olor, como si hubiera un animal muerto. "Son las ratas", dijo para sus adentros, pues la semana pasada vio al equipo de eliminación de plagas que los vecinos contrataron para acabar con la colonia de roedores que se había adueñado del inmueble.
La noche en la que Eusebio llegó al edificio y estaba rodeado de patrullas, los policías encontraron muerta a la vecina que siempre saludaba, pero nunca supo su nombre. La encontraron en el suelo del departamento en el que vivía, estaba maniatada, lo único que llevaba puesto era una pulsera de diamantes en la muñeca izquierda, tenía una cortada que le atravesaba el cuello, los ojos abiertos viendo al infinito con una expresión de horror y desesperación; además de que tenía múltiples contusiones por todo el cuerpo.
Por el estado en el que la encontraron los peritos suponen que llevaba al menos tres días de haber fallecido, las hipótesis que se habían formulado era que ella había escapado, ya que en el departamento no encontraron ropa y estaba semivacío.
Los agentes suponían que había regresado por algo que olvidó, pero a su regreso sus agresores la interceptaron y le quitaron la vida; estuvieron preguntado durante varias semanas si habían visto o escuchado algo fuera de lo común, nadie dijo nada.
Cuando interrogaron a Eusebio recordó la noche en la que escuchó el golpe que lo despertó y por el que no pudo conciliar el sueño; sin embargo maquinalmente contestó que no había escuchado nada y había visto nada extraño.
Transcurrió el tiempo, el departamento fue puesto de nuevo en renta y la procuraduría capitalina determinó que el móvil del asesinato fue un crimen pasional, en el que nunca encontraron ni a los autores intelectuales ni a los materiales.