martes, 22 de diciembre de 2015

Medias negras / Astrid Rivera

Medias negras


Astrid Rivera
 
Eran las tres de la mañana cuando un golpe en la pared vecina interrumpió el sueño de Eusebio, súbitamente abrió los ojos, se incorporó, volteó de un lado a otro, esperó unos minutos para volver a escuchar el ruido y poder identificar su origen, pero no escuchó nada.
Eusebio volvió a acostarse, trataba de dormir, pero la manera en la que fue interrumpido su descanso le provocó un malestar, deseaba seguir durmiendo pero miles de pensamientos cruzaban su mente, se detuvo en uno, en tratar de adivinar de dónde había provenido el ruido responsable de su insomnio. 
Pensó que tal vez alguien había movido un mueble, sin embargo se preguntó ¿quién movería muebles a las 3 de la mañana?, después recordó que los vecinos se habían quejado constantemente de una plaga de ratas que había infestado el edificio en el que habita.
" Sí debieron ser las ratas", se dijo a sí mismo.
Convencido con esta suposición, recobró el sueño y nuevamente volvió a quedarse dormido, cuando el despertador sonó, eran las 6:30 y debía levantarse para ir a trabajar.
Eusebio trabajaba en una institución gubernamental, era sindicalizado, su trabajo consistía en sacar fotocopias, labor que había desempeñado por casi 40 años. La luz de la fotocopiadora le había afectado la vista de su ojo izquierdo, por el que ya no veía más que sombras.
Su trabajo era monótono y sin emoción alguna. Había entablado amistad con los trabajadores de mantenimiento, con los de mensajería y las secretarias. Sus compañeros lo apodaban "el abuelo". Era un hombre silencioso. A veces su presencia pasaba desapercibida por el silencio de sus zapatos de suela de goma. 
Los días que había fútbol, en la oficina se organizaban para que alguien llevara la televisión, otro las botanas y refrescos. Cuando jugaba la selección mexicana, la oficina se convertía en una kermés, y esos días los trabajadores se daban el lujo de dejar sus labores al garete.
A excepción de los días de futbol, los demás eran bastante comunes. Eusebio trabajaba desde 9 de la mañana y a las 6 en punto estaba con un pie afuera de la oficina.
Todos los días eran igual. Se levantaba, se arreglaba, desayunaba, tomaba el metro, se bajaba en la estación Ermita, caminaba unas cuantas cuadras y llegaba a la oficina. A sacar copias. Quién sabe cuántas miles de copias había sacado en 40 años.
Las semanas y los meses transcurrían sin novedad alguna. 
Al llegar una noche a su departamento las luces de las sirenas de las patrullas llamaron su atención, conforme fue acercándose a su edificio se percató que la entrada estaba acordonada. 
Un policía le impidió la entrada tajantemente. Por unos instantes Eusebio forcejeó con los uniformados para que lo dejaran pasar, les explicó que él vivía dentro. Cuando logró abrirse paso, dos hombres lo rozaron. Llevaban una camilla a  una persona cubierta completamente por una manta blanca. De aquel cuerpo inerte sólo se observaba la muñeca izquierda en la que portaba una pulsera de diamantes; la extremidad colgaba de un costado de la camilla.
Eusebio vivía en el departamento  número 225 de la calle 3 Cruces esquina con el Eje 9 Sur, era una unidad habitacional; la gente que vivía ahí era tranquila, no generaba mayor problema, excepto una, su vecina de a lado, se había mudado unos meses atrás.
Era una mujer madura de unos 45 años, siempre vestía faldas muy por arriba de las rodillas que dejaban al descubierto sus piernas torneadas enfundadas en unas medias de red negras y zapatillas de charol del mismo color.
Tenía unas caderas prominentes y un escote que presumía con cada prenda que usaba. Pero su cara desentonaba con su cuerpo, tenía los ojos hinchados como sapo y un lunar a la altura de la comisura izquierda de los labios.
Cuando Eusebio llegaba ella salía, apenas cruzaban unas cuantas palabras, cosas sobre el edificio y el clima. Era el único con quien aquella mujer hablaba, ni siquiera sabía su nombre, pero por alguna razón le simpatizaba.
Habían pasado algunos días desde que no saludaba a aquella mujer; una noche en la que no lograba conciliar el sueño súbitamente se acordó de ella, la última vez que la vio fue en las escaleras del edificio, corría frenéticamente hacia la salida, llevaba una maleta color beige. Eusebio pensó que tal vez se había mudado.
Por la mañana cuando se preparaba para ir para su trabajo, se percató que del techo goteaba un líquido espeso color escarlata, pero no le dio importancia y continuó con su rutina.
Al salir al pasillo del edificio en el ambiente flotaba un fétido olor, como si hubiera un animal muerto. "Son las ratas", dijo para sus adentros, pues la semana pasada vio al equipo de eliminación de plagas que los vecinos contrataron para acabar con la colonia de roedores que se había adueñado del inmueble.
La noche en la que Eusebio llegó al edificio y estaba rodeado de patrullas, los policías encontraron muerta a la vecina que siempre saludaba, pero nunca supo su nombre. La encontraron en el suelo del departamento en el que vivía, estaba maniatada, lo único que llevaba puesto era una pulsera de diamantes en la muñeca izquierda, tenía una cortada que le atravesaba el cuello, los ojos abiertos viendo al infinito con una expresión de horror y desesperación; además de que tenía múltiples contusiones por todo el cuerpo.
Por el estado en el que la encontraron los peritos suponen que llevaba al menos tres días de haber fallecido, las hipótesis que se habían formulado era que ella había escapado, ya que en el departamento no encontraron ropa y estaba semivacío.
Los agentes suponían que había regresado por algo que olvidó, pero a su regreso sus agresores la interceptaron y le quitaron la vida; estuvieron preguntado durante varias semanas si habían visto o escuchado algo fuera de lo común, nadie dijo nada.
Cuando interrogaron a Eusebio recordó la noche en la que escuchó el golpe que lo despertó y por el que no pudo conciliar el sueño; sin embargo maquinalmente contestó que no había escuchado nada y había visto nada extraño.
Transcurrió el tiempo, el departamento fue puesto de nuevo en renta y la procuraduría capitalina determinó que el móvil del asesinato fue un crimen pasional, en el que nunca encontraron ni a los autores intelectuales ni a los materiales.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Las vías / Fabiola Cancino


Las vías

Fabiola Cancino
Otra vez está ahí. Hace años no me perseguía, pero de pronto resurgió, hace unos días, y hoy, en este instante, crece ese deseo absurdo e irrefrenable. No puedo evitarlo y creo que tampoco quiero evitarlo. Me atraen como un imán… Ahí están, la madera está vieja, sucia; las piedras grises: el escenario ideal. Una rata pequeña corre por ahí y me recorre el cuerpo esa extraña sensación, esa tentadora sensación… ¿Qué me pasa? Será mejor pensar en otra cosa… Aún no entiendo porqué caminé hacia la parte de atrás, llevaba años evitándolo, siempre iba hacia adelante, pero ahora entiendo que ocupaba el lugar equivocado… este es el lugar exacto…

Es curioso, la gente sigue entrando, veo la imagen como autómata, me obligó a escuchar el ruido, el estruendo de la multitud, estoy tan abstracta en el deseo incontenible que no capté sonido alguno, sólo ahora que me obligo a hacerlo… Regreso a mi autismo selectivo, a mi silencio interior, rodeada de esa muchedumbre… Mi mente absorta se centra en esa pequeña distancia… me atrae ver que nadie respeta la línea… es irresistible...

Algunas veces aún sueño que estoy ahí abajo; me veo y veo a la gente que me observa, pero estoy viva; después de todo sólo es un sueño. Unas veces me descubro bajando por las escalerillas, con todo el cuidado que amerita el rito, y me acomodo suavemente para cuando llegue el momento; otras, me siento en la orilla y hasta cruzó las piernas; la desesperación viene cuando sueño a otras personas: todo termina muy violento.
Recuerdo a Augusto Comte y su debate político sobre el suicidio ¿es una acto de cobardía o valentía? ¿Cómo es? ¿Llegará violenta? ¿La conciencia reconocerá paso a paso lo que ocurre? Es desesperante. Cada día es más lento, pasa mucho tiempo entre uno y otro. Es contradictorio llevó aquí varias horas y me exaspera que tarde dos, tres minutos. Ya van casi cuatro… no llega… ¿yo tampoco voy a llegar? En fin, a quién le importa en esta ciudad, un número más… ¿traigo una credencial? Sí, no habrá problemas, eso espero, sé que es morboso pero aunque pase a formar parte de la estadística no quiero el anonimato en el día más importante de mi vida. “Empezamos a morir desde que nacemos”, quién lo dijo, no lo recuerdo.

Que contradicción “el día más importante de mi vida”. Ya imagino que inventarán mi historia, tal vez mejor de la que he vivido: ¿depresión? ¿abandono? ¿celos? ¿un lapsus? ¿crisis de la edad? Ja… si supieran, no hay nada de eso, no hay venganzas, ni desprecio a la vida, ni tristeza, ni desamor, nada, no hay nada, ni siquiera carta de despedida, sólo es ese deseo irrefrenable. No estaba en los planes de hoy; hoy pintaba como un día lindo, lleno de alegrías… ¿qué pasa? Ya tardó mucho… y si se me adelantó alguien más atrás… ¿Me atreveré? Pobre conductor no sabe nada… aquí mañana sólo se verán unas manchas de cal. Es posible que unos de esos ratoncitos busque algo de comer cerca, ¿cómo le hacen para sobrevivir...?

Ya recuerdo… en mis sueños también vi alguna mano anónima que me empujaba, no sentía angustia, sólo rencor por robarme mi momento… Ahí viene… siento náuseas… me pega el aire empujado por la presión del túnel… la cabeza me da vueltas… se aceleran los latidos de mi corazón… ¿tendré el valor...? ya está aquí… llegó el momento…


jueves, 5 de noviembre de 2015

La bicicleta / Jorge Ramos



La bicicleta

Jorge Ramos Pérez

Día 1.- Traigo la cabeza revuelta. Mi mirada está fija en la luz roja del semáforo. En la esquina de Orizaba y San Luis Potosí el chirriar de llantas, un golpe seco y el eco de la caída de pedazos de plástico en el pavimento me sacan del marasmo. Lo último que alcanzo a ver es cómo una camioneta azul sale volando para estrellarse en un negocio de pizzas. El punto ciego me impide ver la escena completa. En el carril contrario distingo un coche rojo con la defensa destrozada, quien supongo que se pasó el alto y golpeó a la camioneta azul, misma que rozó otro vehículo que iba metros más adelante, con una bicicleta colgada atrás. El rebote la mandó no precisamente a comprar pizzas. Mi cabeza sigue revuelta.

Día 2.- Sigo con la cabeza revuelta. El semáforo en rojo. Hay un ligero embotellamiento. Sin prisa espero el verde. Avanzamos lento sobre la Calzada Camarones. Los dos carriles de la derecha están cerrados. Me causa extrañeza ver las torretas de dos patrullas y el lomo curvo de un camión revolvedora de Concretos Moctezuma. El corte a la circulación vehicular lo hicieron los policías con esas lúgubres cintas amarillas que coloca la autoridad en "la escena del crimen". A veces el tiempo transcurre más lento. Avanzamos. Hay una bicicleta destrozada en la banqueta. A un lado distingo los tenis empolvados de un hombre. Una tela blanca cubre la mayor parte de su cuerpo, desde la cabeza hasta las rodillas. Era un pantalón de mezclilla, sucio, empolvado. Un charco de sangre sobresale de la tela. El líquido rojo ha hecho un camino sobre el pavimento, a un lado de las ruedas del camión. Mi cabeza sigue revuelta.



Día 3.- En mi cabeza sigue la revuelta. Ese día tomo el periódico. Todos los días lo hago. Leo que “un hombre de entre 58 y 60 años de edad murió al golpearse la cabeza contra el pavimento en las inmediaciones de Calzada Ermita Iztapalapa y Rojo Gómez a consecuencia de la embestida que recibió por parte de un ciclista que huyó del lugar de los hechos”. El ciclista huyó. Las cámaras de seguridad grabaron el momento. Sigo con la cabeza hecha nudos.

viernes, 16 de octubre de 2015

Esperanza fallida / Lucia Cancino

Esperanza fallida

Lucía Cancino

El pelo volaba con el viento cubriendo el diminuto rostro de Ira; ella era blanca, frágil, de facciones finas, bajita de estatura y muy delgada. Su abundante cabellera se movía como medusa con el ventarrón. Intentaba inútilmente mantener la vista despejada. El vestido veraniego serpenteaba alrededor de su cuerpo, la piel se le puso chinita de frío. Una ligera curva en el estómago, casi imperceptible, era la constancia del bebé que esperaba. No tenía caso caminar, ¿hacia dónde? no tenía un lugar que la esperara.

Toda la ciudad estaba congelada después del ataque nuclear. No había más qué hacer, la fe en las naciones era nula, rayaba en la abominación. La ciudad irradiaba rayos y los edificios estaban derruidos.
Escombros, gente vagando. Muy lejos estaba de parecerse al Distrito Federal de 31 de diciembre de 2015. ¿Quién sería el iluso de asegurar que era el 1 de enero de 2016? El bebé pataleó, las contracciones se sentían cada vez más fuertes: era su forma de pedir permiso para salir, aunque sólo tenía cinco meses de gestación. Ira se escandalizó, esto no le estaba pasando a ella ni a su bebé. Tenia miedo hasta de beber agua.
Cerca de los escombros estaba un sofá desvencijado en el cual se acostó para recibir al niño. Como pudo se hizo un chongo, alzó su vestido y gritó pujando al mismo tiempo. Un ser verde con escamas y cara de reptil salió de sus entrañas. Lo tomó entre sus manos, por un momento creyó que estaba muerto. Le dio respiración de boca a boca. El bebé aspiró profundamente y reaccionó llorando. Ira lo cargo y amamantó hasta que salió sangre de sus pechos: murió dándole de beber al niño, quien mordisqueó su cuerpo y a la luz de la luna anaranjada se escondió abajo del sofá...

lunes, 12 de octubre de 2015

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas / Roberto Aguilar

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas

Roberto Aguilar Grimaldo 

Con los ojos más abiertos de lo habitual, y visiblemente emocionado, mi hijo Alán me hizo la pregunta: “¿Es cierto papi que tú inventaste al Chupacabras?”.
No hallé que responderle. Frente a ambos un amigo insistía.
-Tu papá es el creador del Chupacabras. Que te platique la historia.
Hace rato recordaba esta anécdota al enterarme de la muerte del periodista Enrique Gratas, quien fuera conductor del programa de televisón de la Cadena Telemundo, Ocurrió Así, y donde colaboré durante casi 7 años como productor de campo en México.
¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra?, pues que fue precisamente el tema del Chupacabras el que me abrió las puertas a cobrar en dólares en la televisora internacional.
Por primera vez escribiré mi testimonio sobre el tema. Decidí compartir la verdadera historia de cómo surgió el tema del Chupacabras en Tamaulipas y México.
Como surgen muchas historias periodísticas, la cobertura del Chupacabras comenzó por mera casualidad.
Era una tarde de domingo, en los primeros meses de 1996. En aquel entonces aún era soltero y comenzaba mi carrera como reportero, en el periódico Expreso de Ciudad Victoria.
Aprovechaba cada oportunidad de fin de semana para ir a mi pueblo, El Carmen, Tamaulipas, jugar fútbol, ir al río, y convivir con mis amigos; o disfrutar de una comida con rica salsa de mi mamá, jugo de naranja y aguacates, todos productos de la región.
Allá estaba feliz rodeado de varios familiares bajo la sombra de unos árboles de aguacate.
De pronto uno de mis tíos, Fernando Reyna, comenzó a platicarme que hubo dos matanzas de borregos conocidos como peligüey en el poblado cercano, El Barretal, y que la gente le echaba la culpa a un enorme perro, propiedad de Don Goyo.
Lo escuché con atención, con esa pose que hacemos todos los reporteros cuando los familiares nos cuentan una historia. Buscaba un ángulo noticioso para terminar de “gancharme”.
“Estaré atento, si vuelve a ocurrir algo me llama tío, y yo vengo entre semana”, le dije con amabilidad.
Más tarde me despedí de la familia y al siguiente día volví a mis actividades habituales en Ciudad Victoria.
Era mediodía y no tenía aún tema para ir a redactar al periódico. Cuando esto ocurre surge la tensión y uno comienza a idear para cumplir con la chamba, ¿o no?.
Y que recuerdo...  ¡El perro asesino!. Puedo ir a El Barretal a checar cómo va el caso y tal vez salve el día.
Le comenté a mi compañero Melitón García de la Rosa (posteriormente él fue corresponsal de El Norte-Reforma, editor de El Cinco y fundador de Expreso Matamoros; actualmente es el director de La Razón en Tampico) y lo convencí que me acompañara con una camarita kodak que él tenía.
No hubo viáticos. Nos fuimos en autobús.
El Barretal se ubica 38 kilómetros por la carretera a Monterrey, en el corazón de la zona naranjera más importante del Norte del país.
Antes de llegar está El Carmen, mi tierra natal, con enormes Olmos que dan sombra y belleza a la carretera. También se aprecia el legendario río Purificación. Uf, recuerdo y la nostalgia me invade. Yo le llamo tierra santa. Es mi origen.
Sin perder tiempo nos dirigimos a las instalaciones de la Secundaria Técnica del lugar, ahí en los corrales ocurrió la primera matanza.
Un encargado nos relató que fueron un total de 19 animales que aparecieron muertos. Los hallaron en el suelo en forma circular.
Efectivamente nos confirmaron que cruzando la carretera un número similar de animales también murieron en otros corrales.
También acudimos a tomar fotos y que el afectado nos narrara lo ocurrido.
La historia ya cobraba forma. Si hubo cuerpos de animales sacrificados. Si había molestia y exigían que alguien les pagara los daños.
Pero faltaba saber ¿quién los mató?.
Los testimonios apuntaban hacia un presunto culpable: El perro de Don Goyo.
Por respeto al rigor periodístico lo pensamos una, dos y tres veces, ¿vamos a escuchar la opinión de Don Goyo?, era importante saber si admitía la culpabilidad de su rabioso perro, y si pagaría o no.
Varias cosas me inquietaban. Y si se encabrona. Nos va a ir muy mal a los dos. Ni modo, a esto nos dedicamos. Y nos dirigimos a su domicilio. Esa decisión fue muy importante para mí en los siguientes meses de trabajo.
Don Goyo hablaba con todas las partes del cuerpo. Manoteaba emocionado.
De inmediato nos llevó a la parte trasera de su domcilio.
“Él es El Negro”, comentó y vimos a un perro negro amarrado con una cuerda a un árbol, “ahí lo tengo siempre, ¿cómo pudo soltarse para matar a tantos animales?”, cuestionó.
Y ya encarrerado, con aire de mucha seguridad, nos lanzó una pregunta: “¿Han escuchado hablar del Chupasangre de Puerto Rico?”.
Le respondí que sí, en Primer Impacto y en Ocurrió Así.
“Pues eso los mató. Tengo las pruebas”, aseguró.
Lanzó una explicación. Cuando aparecieron muertos los borregos de la secundaria, los directivos del plantel contrataron a un carnicero, “Milín”, quien radica en El Carmen, para destazar los cuerpos.
Según él, hasta el mismo carnicero se sorprendió, porque al abrir los cuerpos tenían poca sangre en el interior y presuntamente les faltaban algunas vísceras. 
“Por fuera sólo tenían de uno a tres orificios en el lomo. Un perro o un animal salvaje los hubiera destrozado y ninguno lo estaba”, aseguró Goyo.
La historia iba cobrando otro giro con el testimonio de éste hombre.
Pero faltaba la cereza del pastel.
“Tengo un video. Para protegerme contraté a un camarógrafo que grabó todo el trabajo del carnicero. Vamos a verlo”, explicó.
Y sí, vimos el video. Como no me lo prestó, le saqué fotografías a la pantalla.
Ahora sí, con una mirada coincidí con Melitón de que era la hora de tomar el autobús de regreso.
Ya no era un perro asesino. Tuve buen tiempo para ofrecerle el tema a mi jefe, Francisco Cuéllar. Con algo tenía que tenerlo contento, porque ya era tarde para ir a escribir. Perdón, a redactar.
Más tarde, en el caos vespertino de la redacción, no atinaba a iniciar, en la pantalla solo se leía “Por Roberto Aguilar Grimaldo”.
“¡Hasta que te dignas a llegar!”.
El del grito era Cuéllar. Un personajazo. A veces gruñón, en otras ocasiones muy acelerado, pero muy talentoso y pieza clave para que Expreso tenga el éxito que actualmente tiene.
“¡Tranquilo!, traigo la portada papá. Me vas a tener que esperar”, presuntuosamente bromeaba con él.
Subimos a su oficina. Cuéllar parecía no perder ningún detalle y entender perfectamente de lo que le estaba hablando.
Giró algunas instrucciones muy precisas.
“Dale, recalca que existe un video de equis tiempo de duración y lo que se observa en las imágenes. Relata toda la historia”, sugirió.
Emocionado aporree las teclas.
Hice algunas correcciones. Cuéllar dio algunas vueltas para ver cómo iba y por fin terminé. Fue el origen de la cobertura en México.
¿Y el bautizo de El Chupacabras?.
Yo sugerí en varias ocasiones seguir como le llamaban en la televisión internacional Chupasangre. Pero una y otra vez Francisco Cuéllar dijo le vamos a nombrar Chupacabras. Es algo más local, cabras.
Y así se quedó. Después se vino la parafernalia de los demás medios, la locura del tema tan polémico.
Unos días después tuve contacto con Telemundo y el Chupacabras de El Barretal se internacionalizó.
Ya han pasado muchos años, pero en ocasiones dos de mis tres hijos aún me insisten con el tema: Cuéntanos la historia del Chupacabras.





viernes, 9 de octubre de 2015

La basura encontró su lugar, la mujer no / Jorge Ramos

La basura encontró su lugar, la mujer no


Jorge Ramos Pérez

Un frío mes de diciembre conocí a Alfredo Jiménez. Su piel reseca, el estómago inflado a punto de reventar. Su rostro era una mueca por un dolor que le abrazaba todo su avejentado cuerpo de 56 años. Me dijo que ha sido vagabundo por muchos años, tantos que ya perdió la cuenta. Lo vi en el suelo sobre un petate de la Estancia Comunitaria El Buen Samaritano, a cargo del sacerdote José Rentería, en San Bartolo Coyotepec, Oaxaca.

Hasta el albergue llegan decenas o cientos de oaxaqueños de distintos puntos de su orografía. Su pobreza es ostensible y para ellos es un oasis cuando vienen a algún tratamiento de semanas en los hospitales de la ciudad de Oaxaca.

Justo a unos metros está el Centro de Acopio de materiales reciclables. Vidrio, cartón, periódico. Ahí mismo separan los materiales orgánicos y los llevan por un camino terregoso para ser usado en siembra de plantas medicinales de la región y en la producción de lombrices que sirven para un fertilizante sin químicos.

Al deambular por este pueblo que es famoso por sus artesanos que crean bellísimas figuras de barro negro veo a la gente esperar el camión de la basura. Un día recogen vidrio y papel, al siguiente los desechos orgánicos.
Los hombres del camión recolector aceptan su propina pero dan un recibo a cambio que deja constancia. Si alguien quema sus desechos en la calle es sujeto a una reprimenda. Si lo vuelve a hacer, un vecino que lo denuncie tiene derecho a quedarse con la mitad de la multa de hasta 500 pesos.

En este pueblo no usan  platos ni vasos de unicel en las fiestas de cumpleaños. Tienen una enorme vajilla que prestan para las constantes reuniones, hasta para una boda con más de mil invitados. Plato roto, plato pagado, es la consigna.

San Bartolo es un ejemplo de modernidad. Pero es un pueblo machista.

El 20 de octubre de 2013, las mujeres fueron echadas de la integración de cabildo. En la batalla previa lograron ocupar tres espacios. Catalina Galán, por ejemplo, una maestra integrante de la Sección 22 que tan mal parado deja a Oaxaca en materia de educación, fue parte del mismo y encabezó el programa “Municipio Ambientalmente Responsable”.

Catalina relató que en esa asamblea más de 50 mujeres abandonaron la sesión porque no les permitieron participar en el cabildo.

“Dicen que no podemos ser policías, por ejemplo, pero claro que podemos”, aseguró la profesora.
A pesar de los reclamos, el cabildo lo integraron sólo hombres. El caso tocó las puertas del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca (IEPCO). En principio acordaron reeditar el procedimiento. Las volvieron a excluir y decidieron impugnar otra vez.

“Muchos creen que la mujer es sólo para estar en la casa, pero no”, esbozó Catalina Galán, aunque los varones de San Bartolo piensan lo contrario.

En sesión pública, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF)‎ resolvió el cinco de marzo de 2014 anular las elecciones en San Bartolo Coyotepec y ordenó la realización de comicios extraordinarios para que las mujeres puedan aspirar a todos los cargos de elección popular.
La sentencia  fue aprobada por unanimidad de la Sala Superior celebrada tres días antes del Día Internacional de la Mujer.

Además, pidió al IEEPCO que informe a los integrantes de esa comunidad respecto de los derechos
de votar y ser votadas que tienen las mujeres que son víctimas, otra vez, del machismo.
En San Bartolo Coyotepec, Alfredo Jiménez no pasa hambre y su dolor es aliviado. El albergue El Buen Samaritano protege a desvalidos. La basura es reutilizada y quien la queme es sancionado, todo ello refleja a un pueblo de avanzada, pero deplorable en el respeto a la mujer.

martes, 6 de octubre de 2015

Prohibido / Katia Torres

Prohibido


Katia Torres Fragoso

Se enamoró aunque estaba prohibido y Mauricio sabía que eso le iba a costar. No era nada personal, así funcionaban las cosas en el Instituto. Incluso estaba en el reglamento general de operaciones en el apartado 22, regla 91, punto 11:
"El investigador asignado tiene prohibido interactuar con su objeto de estudio. De violarse lo establecido en esta norma, el investigador será sometido a un juicio interno con los miembros del Consejo Ejecutivo para determinar su sanción que puede ir de su renuncia definitiva a una sentencia de hasta 10 años de cárcel. Si se comprueba que el investigador y el objeto de estudio sostienen una relación amorosa, la pena, para ambos, es la muerte".
Pero como todos sabemos, el amor no es algo que pueda elegir, ni que suceda de un día para otro, si acaso es similar al nacimiento de un lunar, de esos que están ahí incluso antes de ser visibles, cuando de pronto sale una pequeña pista de su existencia, una leve coloración obscura, hasta que finalmente alcanzan su color final. Cuando se llega a ese punto ya no se puede negar su existencia. Lo mismo le pasó a Mauricio.
Él siempre dejaba al último el análisis que hacía de Andrea Serrano, una joven de 27 años que había sido elegida como objeto de estudio por continuamente participar y organizar marchas en contra de las políticas de gobierno y especialmente por ser la sobrina de uno de los senadores del partido de oposición. Para Mauricio, hacer el reporte del día sobre ella era una especie de postre laboral al final de un día de trabajo rutinario.
Como especialista en redes sociales, Mauricio debía hacer un informe detallado sobre las publicaciones que hacían a lo largo del día sus objetos de estudio, así como las páginas a las que les habían dado clic a partir de alguna de sus redes, y la parte más divertía, debía revisar cada una de las conversaciones vía chat que habían sostenido en esa jornada.
En general cualquiera de sus otros tres objetos de estudio era bastante anodinos. Hacer el reporte de ellos era algo pesadísimo. Todos los días cuando llegaba a la oficina, más o menos a las 9:00 de la noche, se preparaba un café sin azúcar y se sentaba frente a su computadora para revisar las redes de Rosita Rodríguez, era a la que más odiaba de todos sus objetos de estudio, sobre todo porque era una mujer profundamente amargada y tal amargura destilaba a lo largo y ancho de sus redes.
Le fastidiaba empezando por su nombre, no lograba entender como una persona en su sano juicio podía ponerle "Rosita", en diminutivo, a alguien como nombre de pila. Tal vez era eso, su papá era un borracho y eso justificaba su amargura. Como fuera el caso, Rosita ocupaba el primer lugar porque era la más molesta. Sus post siempre rondaban entre quejas hacia el gobierno, hacia su ex marido y hacia las transnacionales y las páginas que visitaba tenían que ver con todo lo relacionado con el yoga y lo pro animal.
Sus conversaciones no eran mejores, generalmente platicaba con tres personas. Su madre, quien solo le escribía para que la llevara en su auto a algún sitio o porque se le había acabado el dinero; con una amiga, que era una calca de su personalidad y juntas se quejaban de todo, y también con su ex marido al que le quería quitar su casa usando cualquier clase de chantajes, que iban desde alegar trauma emocional porque él nunca pudo entenderla, hasta fraude, porque ella creía antes de que se casaran que él ganaba más dinero.
En varias ocasiones Mauricio pidió que le quitaran a Rosita, alegando que no había razón suficiente para ser investigada, sobre todo porque ella llegó ahí luego de que en una ocasión asistió completamente desnuda a una manifestación y luego le prendió fuego a un automóvil, Mauricio suponía que tenía que ver con alguna pelea con su ex marido, pero el Consejo Consultivo le dijo que siguiera con su trabajo.
El día seguía con Arturo Ruiz, maestro de sociología en una universidad privada, que gustaba de ligarse a sus alumnas por internet, su frase favorita: "no creas que no me doy cuenta como me ves cuando hablo de Hobsbawm en clase, nadie lo encuentra tan apasionante como para hacer esos ojitos". También hablaba por chat con su hija, que trabajaba como estilista en un caro salón de belleza, además de eso solo se dedicaba a hacer comprar por internet de libros usados y suplementos de cocina.
Durante su juventud viajó a Cuba en busca de rastros del socialismo al que tanto amaba, pero regresó un mes más tarde, sabiendo que probablemente había dejado a una de sus amantes embarazada, su nombre era Julenka y según la describió en una ocasión a uno de sus amigos, con el que no tiene mucho contacto por chat, ella era “una delicia mulata: como ver a una rumana de piel morena y ojos azules”. Arturo quiso regresar, pero meses después conoció a la madre de su hija y al final eso lo detuvo.
Aunque Mauricio sentía pena por varias de las estudiantes acosadas, a veces se divertía con el desenlace de algunos de sus ligues En una ocasión, el novio de una de ellas los encontró teniendo sexo en el estacionamiento de un supermercado, la madre estaba detrás del muchacho y le lanzó huevos al profesor y a la joven.
Luego era Samuel García, de 14 años. Aunque virtualmente peligroso para la sociedad, no lo era para el sistema. A Samuel le gustaba fabricar bombas molotov que explotaba en las colonias aledañas a su casa, en la puerta de su secundaria o en ocasiones en algunos negocios. En sus redes nunca hablaba de sus planes, solo publicaba fotos una vez consumados los hechos.
A veces se podía predecir lo que iba a hacer porque visitaba páginas de tutoriales para hacer armas de fabricación casera.
Y finalmente estaba Andrea, de la cual, de pronto, supo que amaba.
El fin no justifica los medios, pero cuando se tiene pasión por lo que se cree, entonces las justificaciones sobran”
Sí, era una frase cursi, un poco rebuscada y algo más absurda, pero para Mauricio fue la revelación de su amor por ella. Lo triste es que no se la dijo a él, sino a su novio y Mauricio simplemente era un espectador.
Entregó el reporte del día y salió con rumbo a su casa. Eran las tres de la mañana. Desde que tomó ese trabajo le impresionaba la cantidad de gente que había en las calles a esa hora: mujeres paseando a su perros, repartidores de periódico, borrachos y gente extraña con largos abrigos. Le fascinaba que esa gente saliera sin importarle la hora o nada más.
-Si yo fuera un poco más como ellos, Andrea estaría conmigo, y nos casaríamos- dijo, pero se sintió ridículo, porque recordó que media hora antes habría querido escribir algo inusual en el estudio de Andrea. Poner, por ejemplo, que estaba realizando reuniones para preparar un golpe al sistema o algo para vengarse de ella, por tener un novio que no fuera él.
A partir de entonces pasaron varias semanas y su amor por ella crecía. Sus ansias se desataban siempre que estaba a punto de terminar el reporte de Samuel y sentía que se le caía el corazón al estómago cuando Andrea subía una foto nueva de ella.
Para ese punto, Mauricio conocía su escritura perfectamente, sabía diferenciar una frase de enojo sarcástico, de una de furia real. Se sentía orgulloso, porque sabía que Juan, el novio de Andrea, no era capaz de eso. Se alegraba cuando peleaban y caía en depresión cuando se arreglaban. Conocía su libro favorito, su rutina, sus gustos culposos, le sorprendía saber esos detalles tan íntimos, pero, a la vez, no conocer la verdadera textura de su piel o cómo cambiaba su mirada tras una risa fortuita.
Un día, notó que Andrea le dio “asistir” a la invitación de un evento en una de sus redes sociales. Mauricio no lo podía creer, ella nunca daba “asistir” y menos a una fiesta de un amigo con el que casi no hablaba. Al revisar su chat vio que Juan le dijo que él no podría ir.
Mauricio mordió su labio, las manos le sudaban, pero decidió escribir en un papel la dirección, la hora y el día de la reunión. Faltaba una semana.
Los primeros dos días sacaba el papel de su bolsillo por un par de segundos y luego lo volvía a guardar, temía que sus compañeros de trabajo en el Instituto pudieran leer sus pensamientos, lo denunciaran y terminara preso, luego se tranquilizaba.
- Si en el Instituto pudieran leer las mentes, no se dedicarían a espiar- se decía a si mismo.
Al tercer día fue a la dirección de la fiesta, estuvo de pie unos 10 minutos frente a la puerta y se fue. No podía con los nervios, ¿cómo le hablaría? , no, primero, ¿Cómo se acercaría a ella?, ¿Qué pasaba si lo descubrían? Pero sabía que debía seguir con el plan, lo más probable es que nadie se enteraría, pero si lo hacían no importaba, porque conocer a Andrea era lo único que ocupaba su mente.
El día de la fiesta era sábado, su día de descanso. Se puso una camisa azul con rayas que había comprado para la ocasión y se puso un poco de colonia.
Entró a la reunión con éxito, buscó por toda la casa pero no la encontraba, no había llegado. Salió a la terraza, bebió una cerveza y una hora después entró de nuevo, pero nada. Se sentó en el sillón y una joven de cabello largo y negro se sentó junto a él.
-No conoces a nadie, ¿verdad? Yo tampoco, me llamo Ana.
Ana y Mauricio platicaron por una media hora, le pareció simpática y bonita, pero de su mente no se apartaba la idea conocer a Andrea.
De pronto del otro lado de la casa oyó a alguien gritar, “Andrea, ¿qué haces aquí?”.
Mauricio giró la cabeza y la vio. Era ella, pero una versión menos atractiva. Sus ojos eran más pequeños, su nariz más grande, su peso era mayor y cojeaba un poco de la pierna derecha. Era ella, pero no era ella. Mauricio se sintió decepcionado por lo que veía y luego se sintió decepcionado por haberse decepcionado en primer lugar. Pensó que él se había enamorado de quién era ella, no de cómo se veía, así que se acercó a platicar.
Al principio ella se mostraba renuente, pero al final empezó la conversación. Conforme ésta avanzaba, Mauricio no encontraba similitudes entre la versión virtual y la real. Su voz era muy aguda y sus pensamientos no era tan articulados, hablaron del libro favorito de Andrea, pero ella le dijo que ya no le gustaba tanto. Mauricio sintió un mareo.
-A todo esto, ¿en qué trabajas, Mauricio?
-Trabajo en una oficina de gobierno- dijo nervioso y esperó que no le preguntara más sobre eso.
-Debes ganar bien, pero qué hueva, seguro eres un burócrata- dijo riendo.
-Sí, sí soy, bueno creo que me tengo que ir.
-Ok, bye- dijo Andrea y se dio la vuelta.
Mauricio entró al baño, se lavó el sudor de la cara. Le dio vueltas al asunto, pensó en posibilidades por las cuales su anhelado encuentro con Andrea no fue como él esperaba, buscó dentro de sí un poco del amor que creía sentir por ella y no encontró nada.
-Pero si yo habría estado 10 años en la cárcel por este momento, rompí las reglas, hice lo prohibido, pero si yo la amo, pero si … Ana, debo pedirle su correo a Ana.