viernes, 20 de noviembre de 2015

Las vías / Fabiola Cancino


Las vías

Fabiola Cancino
Otra vez está ahí. Hace años no me perseguía, pero de pronto resurgió, hace unos días, y hoy, en este instante, crece ese deseo absurdo e irrefrenable. No puedo evitarlo y creo que tampoco quiero evitarlo. Me atraen como un imán… Ahí están, la madera está vieja, sucia; las piedras grises: el escenario ideal. Una rata pequeña corre por ahí y me recorre el cuerpo esa extraña sensación, esa tentadora sensación… ¿Qué me pasa? Será mejor pensar en otra cosa… Aún no entiendo porqué caminé hacia la parte de atrás, llevaba años evitándolo, siempre iba hacia adelante, pero ahora entiendo que ocupaba el lugar equivocado… este es el lugar exacto…

Es curioso, la gente sigue entrando, veo la imagen como autómata, me obligó a escuchar el ruido, el estruendo de la multitud, estoy tan abstracta en el deseo incontenible que no capté sonido alguno, sólo ahora que me obligo a hacerlo… Regreso a mi autismo selectivo, a mi silencio interior, rodeada de esa muchedumbre… Mi mente absorta se centra en esa pequeña distancia… me atrae ver que nadie respeta la línea… es irresistible...

Algunas veces aún sueño que estoy ahí abajo; me veo y veo a la gente que me observa, pero estoy viva; después de todo sólo es un sueño. Unas veces me descubro bajando por las escalerillas, con todo el cuidado que amerita el rito, y me acomodo suavemente para cuando llegue el momento; otras, me siento en la orilla y hasta cruzó las piernas; la desesperación viene cuando sueño a otras personas: todo termina muy violento.
Recuerdo a Augusto Comte y su debate político sobre el suicidio ¿es una acto de cobardía o valentía? ¿Cómo es? ¿Llegará violenta? ¿La conciencia reconocerá paso a paso lo que ocurre? Es desesperante. Cada día es más lento, pasa mucho tiempo entre uno y otro. Es contradictorio llevó aquí varias horas y me exaspera que tarde dos, tres minutos. Ya van casi cuatro… no llega… ¿yo tampoco voy a llegar? En fin, a quién le importa en esta ciudad, un número más… ¿traigo una credencial? Sí, no habrá problemas, eso espero, sé que es morboso pero aunque pase a formar parte de la estadística no quiero el anonimato en el día más importante de mi vida. “Empezamos a morir desde que nacemos”, quién lo dijo, no lo recuerdo.

Que contradicción “el día más importante de mi vida”. Ya imagino que inventarán mi historia, tal vez mejor de la que he vivido: ¿depresión? ¿abandono? ¿celos? ¿un lapsus? ¿crisis de la edad? Ja… si supieran, no hay nada de eso, no hay venganzas, ni desprecio a la vida, ni tristeza, ni desamor, nada, no hay nada, ni siquiera carta de despedida, sólo es ese deseo irrefrenable. No estaba en los planes de hoy; hoy pintaba como un día lindo, lleno de alegrías… ¿qué pasa? Ya tardó mucho… y si se me adelantó alguien más atrás… ¿Me atreveré? Pobre conductor no sabe nada… aquí mañana sólo se verán unas manchas de cal. Es posible que unos de esos ratoncitos busque algo de comer cerca, ¿cómo le hacen para sobrevivir...?

Ya recuerdo… en mis sueños también vi alguna mano anónima que me empujaba, no sentía angustia, sólo rencor por robarme mi momento… Ahí viene… siento náuseas… me pega el aire empujado por la presión del túnel… la cabeza me da vueltas… se aceleran los latidos de mi corazón… ¿tendré el valor...? ya está aquí… llegó el momento…


jueves, 5 de noviembre de 2015

La bicicleta / Jorge Ramos



La bicicleta

Jorge Ramos Pérez

Día 1.- Traigo la cabeza revuelta. Mi mirada está fija en la luz roja del semáforo. En la esquina de Orizaba y San Luis Potosí el chirriar de llantas, un golpe seco y el eco de la caída de pedazos de plástico en el pavimento me sacan del marasmo. Lo último que alcanzo a ver es cómo una camioneta azul sale volando para estrellarse en un negocio de pizzas. El punto ciego me impide ver la escena completa. En el carril contrario distingo un coche rojo con la defensa destrozada, quien supongo que se pasó el alto y golpeó a la camioneta azul, misma que rozó otro vehículo que iba metros más adelante, con una bicicleta colgada atrás. El rebote la mandó no precisamente a comprar pizzas. Mi cabeza sigue revuelta.

Día 2.- Sigo con la cabeza revuelta. El semáforo en rojo. Hay un ligero embotellamiento. Sin prisa espero el verde. Avanzamos lento sobre la Calzada Camarones. Los dos carriles de la derecha están cerrados. Me causa extrañeza ver las torretas de dos patrullas y el lomo curvo de un camión revolvedora de Concretos Moctezuma. El corte a la circulación vehicular lo hicieron los policías con esas lúgubres cintas amarillas que coloca la autoridad en "la escena del crimen". A veces el tiempo transcurre más lento. Avanzamos. Hay una bicicleta destrozada en la banqueta. A un lado distingo los tenis empolvados de un hombre. Una tela blanca cubre la mayor parte de su cuerpo, desde la cabeza hasta las rodillas. Era un pantalón de mezclilla, sucio, empolvado. Un charco de sangre sobresale de la tela. El líquido rojo ha hecho un camino sobre el pavimento, a un lado de las ruedas del camión. Mi cabeza sigue revuelta.



Día 3.- En mi cabeza sigue la revuelta. Ese día tomo el periódico. Todos los días lo hago. Leo que “un hombre de entre 58 y 60 años de edad murió al golpearse la cabeza contra el pavimento en las inmediaciones de Calzada Ermita Iztapalapa y Rojo Gómez a consecuencia de la embestida que recibió por parte de un ciclista que huyó del lugar de los hechos”. El ciclista huyó. Las cámaras de seguridad grabaron el momento. Sigo con la cabeza hecha nudos.