Las vías
Fabiola Cancino
Otra
vez está ahí. Hace años no me perseguía, pero de pronto resurgió,
hace unos días, y hoy, en este instante, crece ese deseo absurdo e
irrefrenable. No puedo evitarlo y creo que tampoco quiero evitarlo.
Me atraen como un imán… Ahí están, la madera está vieja, sucia;
las piedras grises: el escenario ideal. Una rata pequeña corre por
ahí y me recorre el cuerpo esa extraña sensación, esa tentadora
sensación… ¿Qué me pasa? Será mejor pensar en otra cosa… Aún
no entiendo porqué caminé hacia la parte de atrás, llevaba años
evitándolo, siempre iba hacia adelante, pero ahora entiendo que
ocupaba el lugar equivocado… este es el lugar exacto…
Es
curioso, la gente sigue entrando, veo la imagen como autómata, me
obligó a escuchar el ruido, el estruendo de la multitud, estoy tan
abstracta en el deseo incontenible que no capté sonido alguno, sólo
ahora que me obligo a hacerlo… Regreso a mi autismo selectivo, a mi
silencio interior, rodeada de esa muchedumbre… Mi mente absorta se
centra en esa pequeña distancia… me atrae ver que nadie respeta la
línea… es irresistible...
Algunas
veces aún sueño que estoy ahí abajo; me veo y veo a la gente que
me observa, pero estoy viva; después de todo sólo es un sueño.
Unas veces me descubro bajando por las escalerillas, con todo el
cuidado que amerita el rito, y me acomodo suavemente para cuando
llegue el momento; otras, me siento en la orilla y hasta cruzó las
piernas; la desesperación viene cuando sueño a otras personas: todo
termina muy violento.
Recuerdo
a Augusto Comte y su debate político sobre el suicidio ¿es una acto
de cobardía o valentía? ¿Cómo es? ¿Llegará violenta? ¿La
conciencia reconocerá paso a paso lo que ocurre? Es desesperante.
Cada día es más lento, pasa mucho tiempo entre uno y otro. Es
contradictorio llevó aquí varias horas y me exaspera que tarde dos,
tres minutos. Ya van casi cuatro… no llega… ¿yo tampoco voy a
llegar? En fin, a quién le importa en esta ciudad, un número más…
¿traigo una credencial? Sí, no habrá problemas, eso espero, sé
que es morboso pero aunque pase a formar parte de la estadística no
quiero el anonimato en el día más importante de mi vida. “Empezamos
a morir desde que nacemos”, quién lo dijo, no lo recuerdo.
Que
contradicción “el día más importante de mi vida”. Ya imagino
que inventarán mi historia, tal vez mejor de la que he vivido:
¿depresión? ¿abandono? ¿celos? ¿un lapsus? ¿crisis de la edad?
Ja… si supieran, no hay nada de eso, no hay venganzas, ni desprecio
a la vida, ni tristeza, ni desamor, nada, no hay nada, ni siquiera
carta de despedida, sólo es ese deseo irrefrenable. No estaba en los
planes de hoy; hoy pintaba como un día lindo, lleno de alegrías…
¿qué pasa? Ya tardó mucho… y si se me adelantó alguien más
atrás… ¿Me atreveré? Pobre conductor no sabe nada… aquí
mañana sólo se verán unas manchas de cal. Es posible que unos de
esos ratoncitos busque algo de comer cerca, ¿cómo le hacen para
sobrevivir...?
Ya
recuerdo… en mis sueños también vi alguna mano anónima que me
empujaba, no sentía angustia, sólo rencor por robarme mi momento…
Ahí viene… siento náuseas… me pega el aire empujado por la
presión del túnel… la cabeza me da vueltas… se aceleran los
latidos de mi corazón… ¿tendré el valor...? ya está aquí…
llegó el momento…
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viernes, 20 de noviembre de 2015
Las vías / Fabiola Cancino
jueves, 5 de noviembre de 2015
La bicicleta / Jorge Ramos
La bicicleta
Jorge Ramos Pérez
Día 1.- Traigo la cabeza revuelta. Mi mirada está fija en la
luz roja del semáforo. En la esquina de Orizaba y San Luis Potosí el chirriar
de llantas, un golpe seco y el eco de la caída de pedazos de plástico en el
pavimento me sacan del marasmo. Lo último que alcanzo a ver es cómo una
camioneta azul sale volando para estrellarse en un negocio de pizzas. El punto
ciego me impide ver la escena completa. En el carril contrario distingo un coche
rojo con la defensa destrozada, quien supongo que se pasó el alto y golpeó a la
camioneta azul, misma que rozó otro vehículo que iba metros más adelante, con
una bicicleta colgada atrás. El rebote la mandó no precisamente a comprar
pizzas. Mi cabeza sigue revuelta.
Día 2.- Sigo con la cabeza revuelta. El semáforo en rojo.
Hay un ligero embotellamiento. Sin prisa espero el verde. Avanzamos lento sobre
la Calzada Camarones. Los dos carriles de la derecha están cerrados. Me causa
extrañeza ver las torretas de dos patrullas y el lomo curvo de un camión
revolvedora de Concretos Moctezuma. El corte a la circulación vehicular lo
hicieron los policías con esas lúgubres cintas amarillas que coloca la
autoridad en "la escena del crimen". A veces el tiempo transcurre más
lento. Avanzamos. Hay una bicicleta destrozada en la banqueta. A un lado
distingo los tenis empolvados de un hombre. Una tela blanca cubre la mayor
parte de su cuerpo, desde la cabeza hasta las rodillas. Era un pantalón de
mezclilla, sucio, empolvado. Un charco de sangre sobresale de la tela. El
líquido rojo ha hecho un camino sobre el pavimento, a un lado de las ruedas del
camión. Mi cabeza sigue revuelta.
Día 3.- En mi cabeza sigue la revuelta. Ese día tomo el
periódico. Todos los días lo hago. Leo que “un hombre de entre 58 y 60 años de
edad murió al golpearse la cabeza contra el pavimento en las inmediaciones de
Calzada Ermita Iztapalapa y Rojo Gómez a consecuencia de la embestida que
recibió por parte de un ciclista que huyó del lugar de los hechos”. El ciclista
huyó. Las cámaras de seguridad grabaron el momento. Sigo con la cabeza hecha
nudos.
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