viernes, 16 de octubre de 2015

Esperanza fallida / Lucia Cancino

Esperanza fallida

Lucía Cancino

El pelo volaba con el viento cubriendo el diminuto rostro de Ira; ella era blanca, frágil, de facciones finas, bajita de estatura y muy delgada. Su abundante cabellera se movía como medusa con el ventarrón. Intentaba inútilmente mantener la vista despejada. El vestido veraniego serpenteaba alrededor de su cuerpo, la piel se le puso chinita de frío. Una ligera curva en el estómago, casi imperceptible, era la constancia del bebé que esperaba. No tenía caso caminar, ¿hacia dónde? no tenía un lugar que la esperara.

Toda la ciudad estaba congelada después del ataque nuclear. No había más qué hacer, la fe en las naciones era nula, rayaba en la abominación. La ciudad irradiaba rayos y los edificios estaban derruidos.
Escombros, gente vagando. Muy lejos estaba de parecerse al Distrito Federal de 31 de diciembre de 2015. ¿Quién sería el iluso de asegurar que era el 1 de enero de 2016? El bebé pataleó, las contracciones se sentían cada vez más fuertes: era su forma de pedir permiso para salir, aunque sólo tenía cinco meses de gestación. Ira se escandalizó, esto no le estaba pasando a ella ni a su bebé. Tenia miedo hasta de beber agua.
Cerca de los escombros estaba un sofá desvencijado en el cual se acostó para recibir al niño. Como pudo se hizo un chongo, alzó su vestido y gritó pujando al mismo tiempo. Un ser verde con escamas y cara de reptil salió de sus entrañas. Lo tomó entre sus manos, por un momento creyó que estaba muerto. Le dio respiración de boca a boca. El bebé aspiró profundamente y reaccionó llorando. Ira lo cargo y amamantó hasta que salió sangre de sus pechos: murió dándole de beber al niño, quien mordisqueó su cuerpo y a la luz de la luna anaranjada se escondió abajo del sofá...

lunes, 12 de octubre de 2015

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas / Roberto Aguilar

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas

Roberto Aguilar Grimaldo 

Con los ojos más abiertos de lo habitual, y visiblemente emocionado, mi hijo Alán me hizo la pregunta: “¿Es cierto papi que tú inventaste al Chupacabras?”.
No hallé que responderle. Frente a ambos un amigo insistía.
-Tu papá es el creador del Chupacabras. Que te platique la historia.
Hace rato recordaba esta anécdota al enterarme de la muerte del periodista Enrique Gratas, quien fuera conductor del programa de televisón de la Cadena Telemundo, Ocurrió Así, y donde colaboré durante casi 7 años como productor de campo en México.
¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra?, pues que fue precisamente el tema del Chupacabras el que me abrió las puertas a cobrar en dólares en la televisora internacional.
Por primera vez escribiré mi testimonio sobre el tema. Decidí compartir la verdadera historia de cómo surgió el tema del Chupacabras en Tamaulipas y México.
Como surgen muchas historias periodísticas, la cobertura del Chupacabras comenzó por mera casualidad.
Era una tarde de domingo, en los primeros meses de 1996. En aquel entonces aún era soltero y comenzaba mi carrera como reportero, en el periódico Expreso de Ciudad Victoria.
Aprovechaba cada oportunidad de fin de semana para ir a mi pueblo, El Carmen, Tamaulipas, jugar fútbol, ir al río, y convivir con mis amigos; o disfrutar de una comida con rica salsa de mi mamá, jugo de naranja y aguacates, todos productos de la región.
Allá estaba feliz rodeado de varios familiares bajo la sombra de unos árboles de aguacate.
De pronto uno de mis tíos, Fernando Reyna, comenzó a platicarme que hubo dos matanzas de borregos conocidos como peligüey en el poblado cercano, El Barretal, y que la gente le echaba la culpa a un enorme perro, propiedad de Don Goyo.
Lo escuché con atención, con esa pose que hacemos todos los reporteros cuando los familiares nos cuentan una historia. Buscaba un ángulo noticioso para terminar de “gancharme”.
“Estaré atento, si vuelve a ocurrir algo me llama tío, y yo vengo entre semana”, le dije con amabilidad.
Más tarde me despedí de la familia y al siguiente día volví a mis actividades habituales en Ciudad Victoria.
Era mediodía y no tenía aún tema para ir a redactar al periódico. Cuando esto ocurre surge la tensión y uno comienza a idear para cumplir con la chamba, ¿o no?.
Y que recuerdo...  ¡El perro asesino!. Puedo ir a El Barretal a checar cómo va el caso y tal vez salve el día.
Le comenté a mi compañero Melitón García de la Rosa (posteriormente él fue corresponsal de El Norte-Reforma, editor de El Cinco y fundador de Expreso Matamoros; actualmente es el director de La Razón en Tampico) y lo convencí que me acompañara con una camarita kodak que él tenía.
No hubo viáticos. Nos fuimos en autobús.
El Barretal se ubica 38 kilómetros por la carretera a Monterrey, en el corazón de la zona naranjera más importante del Norte del país.
Antes de llegar está El Carmen, mi tierra natal, con enormes Olmos que dan sombra y belleza a la carretera. También se aprecia el legendario río Purificación. Uf, recuerdo y la nostalgia me invade. Yo le llamo tierra santa. Es mi origen.
Sin perder tiempo nos dirigimos a las instalaciones de la Secundaria Técnica del lugar, ahí en los corrales ocurrió la primera matanza.
Un encargado nos relató que fueron un total de 19 animales que aparecieron muertos. Los hallaron en el suelo en forma circular.
Efectivamente nos confirmaron que cruzando la carretera un número similar de animales también murieron en otros corrales.
También acudimos a tomar fotos y que el afectado nos narrara lo ocurrido.
La historia ya cobraba forma. Si hubo cuerpos de animales sacrificados. Si había molestia y exigían que alguien les pagara los daños.
Pero faltaba saber ¿quién los mató?.
Los testimonios apuntaban hacia un presunto culpable: El perro de Don Goyo.
Por respeto al rigor periodístico lo pensamos una, dos y tres veces, ¿vamos a escuchar la opinión de Don Goyo?, era importante saber si admitía la culpabilidad de su rabioso perro, y si pagaría o no.
Varias cosas me inquietaban. Y si se encabrona. Nos va a ir muy mal a los dos. Ni modo, a esto nos dedicamos. Y nos dirigimos a su domicilio. Esa decisión fue muy importante para mí en los siguientes meses de trabajo.
Don Goyo hablaba con todas las partes del cuerpo. Manoteaba emocionado.
De inmediato nos llevó a la parte trasera de su domcilio.
“Él es El Negro”, comentó y vimos a un perro negro amarrado con una cuerda a un árbol, “ahí lo tengo siempre, ¿cómo pudo soltarse para matar a tantos animales?”, cuestionó.
Y ya encarrerado, con aire de mucha seguridad, nos lanzó una pregunta: “¿Han escuchado hablar del Chupasangre de Puerto Rico?”.
Le respondí que sí, en Primer Impacto y en Ocurrió Así.
“Pues eso los mató. Tengo las pruebas”, aseguró.
Lanzó una explicación. Cuando aparecieron muertos los borregos de la secundaria, los directivos del plantel contrataron a un carnicero, “Milín”, quien radica en El Carmen, para destazar los cuerpos.
Según él, hasta el mismo carnicero se sorprendió, porque al abrir los cuerpos tenían poca sangre en el interior y presuntamente les faltaban algunas vísceras. 
“Por fuera sólo tenían de uno a tres orificios en el lomo. Un perro o un animal salvaje los hubiera destrozado y ninguno lo estaba”, aseguró Goyo.
La historia iba cobrando otro giro con el testimonio de éste hombre.
Pero faltaba la cereza del pastel.
“Tengo un video. Para protegerme contraté a un camarógrafo que grabó todo el trabajo del carnicero. Vamos a verlo”, explicó.
Y sí, vimos el video. Como no me lo prestó, le saqué fotografías a la pantalla.
Ahora sí, con una mirada coincidí con Melitón de que era la hora de tomar el autobús de regreso.
Ya no era un perro asesino. Tuve buen tiempo para ofrecerle el tema a mi jefe, Francisco Cuéllar. Con algo tenía que tenerlo contento, porque ya era tarde para ir a escribir. Perdón, a redactar.
Más tarde, en el caos vespertino de la redacción, no atinaba a iniciar, en la pantalla solo se leía “Por Roberto Aguilar Grimaldo”.
“¡Hasta que te dignas a llegar!”.
El del grito era Cuéllar. Un personajazo. A veces gruñón, en otras ocasiones muy acelerado, pero muy talentoso y pieza clave para que Expreso tenga el éxito que actualmente tiene.
“¡Tranquilo!, traigo la portada papá. Me vas a tener que esperar”, presuntuosamente bromeaba con él.
Subimos a su oficina. Cuéllar parecía no perder ningún detalle y entender perfectamente de lo que le estaba hablando.
Giró algunas instrucciones muy precisas.
“Dale, recalca que existe un video de equis tiempo de duración y lo que se observa en las imágenes. Relata toda la historia”, sugirió.
Emocionado aporree las teclas.
Hice algunas correcciones. Cuéllar dio algunas vueltas para ver cómo iba y por fin terminé. Fue el origen de la cobertura en México.
¿Y el bautizo de El Chupacabras?.
Yo sugerí en varias ocasiones seguir como le llamaban en la televisión internacional Chupasangre. Pero una y otra vez Francisco Cuéllar dijo le vamos a nombrar Chupacabras. Es algo más local, cabras.
Y así se quedó. Después se vino la parafernalia de los demás medios, la locura del tema tan polémico.
Unos días después tuve contacto con Telemundo y el Chupacabras de El Barretal se internacionalizó.
Ya han pasado muchos años, pero en ocasiones dos de mis tres hijos aún me insisten con el tema: Cuéntanos la historia del Chupacabras.





viernes, 9 de octubre de 2015

La basura encontró su lugar, la mujer no / Jorge Ramos

La basura encontró su lugar, la mujer no


Jorge Ramos Pérez

Un frío mes de diciembre conocí a Alfredo Jiménez. Su piel reseca, el estómago inflado a punto de reventar. Su rostro era una mueca por un dolor que le abrazaba todo su avejentado cuerpo de 56 años. Me dijo que ha sido vagabundo por muchos años, tantos que ya perdió la cuenta. Lo vi en el suelo sobre un petate de la Estancia Comunitaria El Buen Samaritano, a cargo del sacerdote José Rentería, en San Bartolo Coyotepec, Oaxaca.

Hasta el albergue llegan decenas o cientos de oaxaqueños de distintos puntos de su orografía. Su pobreza es ostensible y para ellos es un oasis cuando vienen a algún tratamiento de semanas en los hospitales de la ciudad de Oaxaca.

Justo a unos metros está el Centro de Acopio de materiales reciclables. Vidrio, cartón, periódico. Ahí mismo separan los materiales orgánicos y los llevan por un camino terregoso para ser usado en siembra de plantas medicinales de la región y en la producción de lombrices que sirven para un fertilizante sin químicos.

Al deambular por este pueblo que es famoso por sus artesanos que crean bellísimas figuras de barro negro veo a la gente esperar el camión de la basura. Un día recogen vidrio y papel, al siguiente los desechos orgánicos.
Los hombres del camión recolector aceptan su propina pero dan un recibo a cambio que deja constancia. Si alguien quema sus desechos en la calle es sujeto a una reprimenda. Si lo vuelve a hacer, un vecino que lo denuncie tiene derecho a quedarse con la mitad de la multa de hasta 500 pesos.

En este pueblo no usan  platos ni vasos de unicel en las fiestas de cumpleaños. Tienen una enorme vajilla que prestan para las constantes reuniones, hasta para una boda con más de mil invitados. Plato roto, plato pagado, es la consigna.

San Bartolo es un ejemplo de modernidad. Pero es un pueblo machista.

El 20 de octubre de 2013, las mujeres fueron echadas de la integración de cabildo. En la batalla previa lograron ocupar tres espacios. Catalina Galán, por ejemplo, una maestra integrante de la Sección 22 que tan mal parado deja a Oaxaca en materia de educación, fue parte del mismo y encabezó el programa “Municipio Ambientalmente Responsable”.

Catalina relató que en esa asamblea más de 50 mujeres abandonaron la sesión porque no les permitieron participar en el cabildo.

“Dicen que no podemos ser policías, por ejemplo, pero claro que podemos”, aseguró la profesora.
A pesar de los reclamos, el cabildo lo integraron sólo hombres. El caso tocó las puertas del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Oaxaca (IEPCO). En principio acordaron reeditar el procedimiento. Las volvieron a excluir y decidieron impugnar otra vez.

“Muchos creen que la mujer es sólo para estar en la casa, pero no”, esbozó Catalina Galán, aunque los varones de San Bartolo piensan lo contrario.

En sesión pública, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF)‎ resolvió el cinco de marzo de 2014 anular las elecciones en San Bartolo Coyotepec y ordenó la realización de comicios extraordinarios para que las mujeres puedan aspirar a todos los cargos de elección popular.
La sentencia  fue aprobada por unanimidad de la Sala Superior celebrada tres días antes del Día Internacional de la Mujer.

Además, pidió al IEEPCO que informe a los integrantes de esa comunidad respecto de los derechos
de votar y ser votadas que tienen las mujeres que son víctimas, otra vez, del machismo.
En San Bartolo Coyotepec, Alfredo Jiménez no pasa hambre y su dolor es aliviado. El albergue El Buen Samaritano protege a desvalidos. La basura es reutilizada y quien la queme es sancionado, todo ello refleja a un pueblo de avanzada, pero deplorable en el respeto a la mujer.

martes, 6 de octubre de 2015

Prohibido / Katia Torres

Prohibido


Katia Torres Fragoso

Se enamoró aunque estaba prohibido y Mauricio sabía que eso le iba a costar. No era nada personal, así funcionaban las cosas en el Instituto. Incluso estaba en el reglamento general de operaciones en el apartado 22, regla 91, punto 11:
"El investigador asignado tiene prohibido interactuar con su objeto de estudio. De violarse lo establecido en esta norma, el investigador será sometido a un juicio interno con los miembros del Consejo Ejecutivo para determinar su sanción que puede ir de su renuncia definitiva a una sentencia de hasta 10 años de cárcel. Si se comprueba que el investigador y el objeto de estudio sostienen una relación amorosa, la pena, para ambos, es la muerte".
Pero como todos sabemos, el amor no es algo que pueda elegir, ni que suceda de un día para otro, si acaso es similar al nacimiento de un lunar, de esos que están ahí incluso antes de ser visibles, cuando de pronto sale una pequeña pista de su existencia, una leve coloración obscura, hasta que finalmente alcanzan su color final. Cuando se llega a ese punto ya no se puede negar su existencia. Lo mismo le pasó a Mauricio.
Él siempre dejaba al último el análisis que hacía de Andrea Serrano, una joven de 27 años que había sido elegida como objeto de estudio por continuamente participar y organizar marchas en contra de las políticas de gobierno y especialmente por ser la sobrina de uno de los senadores del partido de oposición. Para Mauricio, hacer el reporte del día sobre ella era una especie de postre laboral al final de un día de trabajo rutinario.
Como especialista en redes sociales, Mauricio debía hacer un informe detallado sobre las publicaciones que hacían a lo largo del día sus objetos de estudio, así como las páginas a las que les habían dado clic a partir de alguna de sus redes, y la parte más divertía, debía revisar cada una de las conversaciones vía chat que habían sostenido en esa jornada.
En general cualquiera de sus otros tres objetos de estudio era bastante anodinos. Hacer el reporte de ellos era algo pesadísimo. Todos los días cuando llegaba a la oficina, más o menos a las 9:00 de la noche, se preparaba un café sin azúcar y se sentaba frente a su computadora para revisar las redes de Rosita Rodríguez, era a la que más odiaba de todos sus objetos de estudio, sobre todo porque era una mujer profundamente amargada y tal amargura destilaba a lo largo y ancho de sus redes.
Le fastidiaba empezando por su nombre, no lograba entender como una persona en su sano juicio podía ponerle "Rosita", en diminutivo, a alguien como nombre de pila. Tal vez era eso, su papá era un borracho y eso justificaba su amargura. Como fuera el caso, Rosita ocupaba el primer lugar porque era la más molesta. Sus post siempre rondaban entre quejas hacia el gobierno, hacia su ex marido y hacia las transnacionales y las páginas que visitaba tenían que ver con todo lo relacionado con el yoga y lo pro animal.
Sus conversaciones no eran mejores, generalmente platicaba con tres personas. Su madre, quien solo le escribía para que la llevara en su auto a algún sitio o porque se le había acabado el dinero; con una amiga, que era una calca de su personalidad y juntas se quejaban de todo, y también con su ex marido al que le quería quitar su casa usando cualquier clase de chantajes, que iban desde alegar trauma emocional porque él nunca pudo entenderla, hasta fraude, porque ella creía antes de que se casaran que él ganaba más dinero.
En varias ocasiones Mauricio pidió que le quitaran a Rosita, alegando que no había razón suficiente para ser investigada, sobre todo porque ella llegó ahí luego de que en una ocasión asistió completamente desnuda a una manifestación y luego le prendió fuego a un automóvil, Mauricio suponía que tenía que ver con alguna pelea con su ex marido, pero el Consejo Consultivo le dijo que siguiera con su trabajo.
El día seguía con Arturo Ruiz, maestro de sociología en una universidad privada, que gustaba de ligarse a sus alumnas por internet, su frase favorita: "no creas que no me doy cuenta como me ves cuando hablo de Hobsbawm en clase, nadie lo encuentra tan apasionante como para hacer esos ojitos". También hablaba por chat con su hija, que trabajaba como estilista en un caro salón de belleza, además de eso solo se dedicaba a hacer comprar por internet de libros usados y suplementos de cocina.
Durante su juventud viajó a Cuba en busca de rastros del socialismo al que tanto amaba, pero regresó un mes más tarde, sabiendo que probablemente había dejado a una de sus amantes embarazada, su nombre era Julenka y según la describió en una ocasión a uno de sus amigos, con el que no tiene mucho contacto por chat, ella era “una delicia mulata: como ver a una rumana de piel morena y ojos azules”. Arturo quiso regresar, pero meses después conoció a la madre de su hija y al final eso lo detuvo.
Aunque Mauricio sentía pena por varias de las estudiantes acosadas, a veces se divertía con el desenlace de algunos de sus ligues En una ocasión, el novio de una de ellas los encontró teniendo sexo en el estacionamiento de un supermercado, la madre estaba detrás del muchacho y le lanzó huevos al profesor y a la joven.
Luego era Samuel García, de 14 años. Aunque virtualmente peligroso para la sociedad, no lo era para el sistema. A Samuel le gustaba fabricar bombas molotov que explotaba en las colonias aledañas a su casa, en la puerta de su secundaria o en ocasiones en algunos negocios. En sus redes nunca hablaba de sus planes, solo publicaba fotos una vez consumados los hechos.
A veces se podía predecir lo que iba a hacer porque visitaba páginas de tutoriales para hacer armas de fabricación casera.
Y finalmente estaba Andrea, de la cual, de pronto, supo que amaba.
El fin no justifica los medios, pero cuando se tiene pasión por lo que se cree, entonces las justificaciones sobran”
Sí, era una frase cursi, un poco rebuscada y algo más absurda, pero para Mauricio fue la revelación de su amor por ella. Lo triste es que no se la dijo a él, sino a su novio y Mauricio simplemente era un espectador.
Entregó el reporte del día y salió con rumbo a su casa. Eran las tres de la mañana. Desde que tomó ese trabajo le impresionaba la cantidad de gente que había en las calles a esa hora: mujeres paseando a su perros, repartidores de periódico, borrachos y gente extraña con largos abrigos. Le fascinaba que esa gente saliera sin importarle la hora o nada más.
-Si yo fuera un poco más como ellos, Andrea estaría conmigo, y nos casaríamos- dijo, pero se sintió ridículo, porque recordó que media hora antes habría querido escribir algo inusual en el estudio de Andrea. Poner, por ejemplo, que estaba realizando reuniones para preparar un golpe al sistema o algo para vengarse de ella, por tener un novio que no fuera él.
A partir de entonces pasaron varias semanas y su amor por ella crecía. Sus ansias se desataban siempre que estaba a punto de terminar el reporte de Samuel y sentía que se le caía el corazón al estómago cuando Andrea subía una foto nueva de ella.
Para ese punto, Mauricio conocía su escritura perfectamente, sabía diferenciar una frase de enojo sarcástico, de una de furia real. Se sentía orgulloso, porque sabía que Juan, el novio de Andrea, no era capaz de eso. Se alegraba cuando peleaban y caía en depresión cuando se arreglaban. Conocía su libro favorito, su rutina, sus gustos culposos, le sorprendía saber esos detalles tan íntimos, pero, a la vez, no conocer la verdadera textura de su piel o cómo cambiaba su mirada tras una risa fortuita.
Un día, notó que Andrea le dio “asistir” a la invitación de un evento en una de sus redes sociales. Mauricio no lo podía creer, ella nunca daba “asistir” y menos a una fiesta de un amigo con el que casi no hablaba. Al revisar su chat vio que Juan le dijo que él no podría ir.
Mauricio mordió su labio, las manos le sudaban, pero decidió escribir en un papel la dirección, la hora y el día de la reunión. Faltaba una semana.
Los primeros dos días sacaba el papel de su bolsillo por un par de segundos y luego lo volvía a guardar, temía que sus compañeros de trabajo en el Instituto pudieran leer sus pensamientos, lo denunciaran y terminara preso, luego se tranquilizaba.
- Si en el Instituto pudieran leer las mentes, no se dedicarían a espiar- se decía a si mismo.
Al tercer día fue a la dirección de la fiesta, estuvo de pie unos 10 minutos frente a la puerta y se fue. No podía con los nervios, ¿cómo le hablaría? , no, primero, ¿Cómo se acercaría a ella?, ¿Qué pasaba si lo descubrían? Pero sabía que debía seguir con el plan, lo más probable es que nadie se enteraría, pero si lo hacían no importaba, porque conocer a Andrea era lo único que ocupaba su mente.
El día de la fiesta era sábado, su día de descanso. Se puso una camisa azul con rayas que había comprado para la ocasión y se puso un poco de colonia.
Entró a la reunión con éxito, buscó por toda la casa pero no la encontraba, no había llegado. Salió a la terraza, bebió una cerveza y una hora después entró de nuevo, pero nada. Se sentó en el sillón y una joven de cabello largo y negro se sentó junto a él.
-No conoces a nadie, ¿verdad? Yo tampoco, me llamo Ana.
Ana y Mauricio platicaron por una media hora, le pareció simpática y bonita, pero de su mente no se apartaba la idea conocer a Andrea.
De pronto del otro lado de la casa oyó a alguien gritar, “Andrea, ¿qué haces aquí?”.
Mauricio giró la cabeza y la vio. Era ella, pero una versión menos atractiva. Sus ojos eran más pequeños, su nariz más grande, su peso era mayor y cojeaba un poco de la pierna derecha. Era ella, pero no era ella. Mauricio se sintió decepcionado por lo que veía y luego se sintió decepcionado por haberse decepcionado en primer lugar. Pensó que él se había enamorado de quién era ella, no de cómo se veía, así que se acercó a platicar.
Al principio ella se mostraba renuente, pero al final empezó la conversación. Conforme ésta avanzaba, Mauricio no encontraba similitudes entre la versión virtual y la real. Su voz era muy aguda y sus pensamientos no era tan articulados, hablaron del libro favorito de Andrea, pero ella le dijo que ya no le gustaba tanto. Mauricio sintió un mareo.
-A todo esto, ¿en qué trabajas, Mauricio?
-Trabajo en una oficina de gobierno- dijo nervioso y esperó que no le preguntara más sobre eso.
-Debes ganar bien, pero qué hueva, seguro eres un burócrata- dijo riendo.
-Sí, sí soy, bueno creo que me tengo que ir.
-Ok, bye- dijo Andrea y se dio la vuelta.
Mauricio entró al baño, se lavó el sudor de la cara. Le dio vueltas al asunto, pensó en posibilidades por las cuales su anhelado encuentro con Andrea no fue como él esperaba, buscó dentro de sí un poco del amor que creía sentir por ella y no encontró nada.
-Pero si yo habría estado 10 años en la cárcel por este momento, rompí las reglas, hice lo prohibido, pero si yo la amo, pero si … Ana, debo pedirle su correo a Ana.

viernes, 2 de octubre de 2015

El General no tiene quien lo quiera / Esther Sánchez


Reality en casa de El General 

Esther Sánchez Calzada

Domingo 1/abril de 1984
Querido diario:
A partir de este día, mi vida es incierta. Tengo la misión de cuidar a una niña malcriada de cuatro años, hija de un general de cinco estrellas, mientras su esposa asiste al médico en Estados Unidos.
Llegue al cuartel -una hermosa residencia ubicada en Huixquilucan, estado de México- por la tarde y me recibió El General, un hombre sin sonrisa, cuyos ojos pequeños miran con desprecio y en su rostro se dibuja una constante exasperación. Es moreno, de baja estatura, vientre abultado, cabello lacio, grasoso y bigotes de foca.  Debe tener unos 70 años.
No tengo acceso al teléfono, televisión ni radio.
La rutina comenzará a las 7:00 y terminará hasta que el objetivo decida descansar.

Lunes 2 
Por fin llegó la noche, mucho que contarte…
A las seis de la mañana me despertó un olor raro, abrí la puerta de la recámara -me asignaron una de arriba-, me asomé y miré movimiento en la sala; era El Viejo que sostenía un bracero con ambas manos y lo movía en círculo. Así estuvo hasta que el ocote redujo a cenizas la mirra, palo santo y romero. Abandonó el lugar con pasos lentos, encorvado y arrastrando los pies.

Después de “la limpia” se dirigió a la cocina y salió con la mamila de la niña, ella no toma leche, su primer alimento es una coca y dos mejoralitos.

Desayuné de prisa en la cocina, con Mary, una joven poblana de 15 años, dos menos que yo. Ella arribó a este cuartel de muebles viejos la semana pasada y debe limpiarlo. Me presentó al soldado de turno, quien se enlistó a las Fuerzas Armadas el año pasado y desde enero de este año, lo comisionaron para ser guardia de El General. El muy irreverente nos dijo, “me dí de alta en el Ejército y terminé limpiando la casa y lavando ropa; hasta los calzones de la esposa de El General me echan”.  También nos platicó de la fiesta de la niña, “ese día, dos soldados nos tuvimos que disfrazar de pitufos, con mallas azules y gorro blanco”.

El soldado dijo que Clara siempre anda fuera y El General se pasa el día escribiendo sus memorias y en un gimnasio ubicado al fondo de la planta baja. Cuando llega la tarde, El Viejo se aplasta frente al televisor y se emboba con las novelas del canal 2; le gustan varias, en especial La Traición, donde El Indio Fernández protagoniza a un general.
El desayuno fue el único momento grato; estuve corriendo detrás de la chamaquita, y ésta apenas probó la comida. El Viejo con voz aguardentosa me advirtió, “muchacha la tienes que hacer que coma, para eso viniste”.

La intente bañar y no se dejó; tampoco encontré ropa en buen estado y eso me aflige, pues tiene puestos unos calzones muy sucios y sin resorte. El General dijo que mañana tiene una cita con políticos y la niña vendrá con él, entonces la criada, que soy yo, también irá.
Por cierto, no he visto libros en esta residencia, pero, la niña se metió al cuarto de ejercicio y descubrí debajo de un aparato para correr, una colección de revistas porno…

Martes 3
Alguien dijo que el miedo sólo existe en la mente, pero, yo lo siento en todo el cuerpo; cuando La Diabla hace berrinche mis dientes castañean sin control y siento una opresión en el pecho, entonces recurro hasta a las suplicas para que no se vaya a dar cuenta El General. Soy una estudiante de preparatoria, llegue aquí para cumplir con un favor a la amiga de la amiga de mi madre. La recompensa será un gracias y la satisfacción de haber servido a un hombre tan importante (dicho con ironìa). En caso de fallar, no se qué pasará. Al menos tres militares de rango han sufrido arresto de hasta 48 horas por no haber cumplido los caprichos de esta malcriada.
Conforme transcurren las horas, la misión se torna peligrosa. Estoy agotando las armas. Como no le gustan las muñecas, ni los juegos didácticos, recurro a contar cuentos, jugar escondidillas, dibujar fantasmas y correr por toda la casa, pero, a esta niña de cabello enredado como los hilos de una estopa, nada la mantiene quieta.
El Viejo, en las contadas ocasiones que se ha dignado a hablar conmigo lo ha hecho casi de forma institucional, “le informo que a mi hija la han corrido de varias escuelas y de restaurantes lujosos, pero no me importa, a ella nadie la regañara, no se espante si nos echan de los lugares que visitemos, pero no quiero que la niña vaya a llorar”, fin del comunicado.
No hay un manual que describa lo que a la niña le gusta, sus horarios para comer, dormir, bañarse, jugar, estudiar, sólo hay advertencias.
Hoy, fuimos a un Sanborns, y la mocosa, huesuda; vació el azúcar y lanzó las servilletas de tres mesas; rompió tarjetas; tiró juguetes; destapó dulces...ella aventaba y yo levantaba. El personal nos miraba con odio. Me sentí cucaracha. Tenía ganas de darle un pellizco o decirle ¡basta!, pero El General nos miraba de reojo, mientras platicaba con dos diputados.
Estuvimos en el Campo Militar y todo mundo le hizo caravana a El Viejo, pero, en un pasillo estrecho del centro comercial empujo a una señora para poder pasar y ésta lo alcanzó, se le paró enfrente y le dijo: “Usted no tiene educación, casi me tira y no se digna en disculparse”, por supuesto, él se siguió de frente y la señora quedó trabada de coraje.
Entramos a un cine y a los 10 minutos salimos, porque La Diabla quería correr por los pasillos y la gente comenzó a molestarse.

Miércoles 4  
Se terminó la comida preparada que había dejado Clara y qué crees, el viejo malvado le dice a la Mary: “Muchacha, quiero almorzar unos huevos en salsa verde”. Pues ahí tienes que ni ella ni yo supimos cómo hacerlos y aquello quedó un batidillo. Cuando El General los vio, se puso morado de coraje y le gritó; “eso no sirve, maldita india còmo es posible que no sepas hacer unos huevos, ahora te los vas a tragar tú”. Yo estaba con la chiquilla en la sala, la pobre Mary se soltó a llorar, quise defenderla, pero el miedo me paralizó.
Mary parecía una avecilla herida, pero, a la chamaca demonia se le iluminó el rostro; corrió al lado de su padre y gritaba exaltada “muchacha cómete los huevos, muchacha cómetelos”.
Nadie desayunó, bueno la demonia tomó su coquita con mejorales, dos de los rositas.
Después de mediodía nos fuimos a la residencia de la hija de El General. Ella y otro señor, son de su primer matrimonio; unos profesionistas exitosos. Ambos son mayores que su madrastra Clara.
Ahí todo es lujo y buenos modales.
Después de interrogarme, me pidieron que me sentara a comer con ellos. De un lado estaban los hijos y el yerno, del otro El General y yo. A la malcriadita la cuidaron los sirvientes, estuvo menos latosa porque le tiene miedo a sus hermanos.
Después de la comida comenzó lo bueno. Entre copa y copa, los hijos le dieron una buena paliza a El Viejo. No te vayas a levantar, me advirtieron. Y pues, ahí me quede. Ellos reclamaban; “convertiste el hogar de mi madre en un cuartel y ahora te domina una mujer a la que le llevas mínimo 30 años; mira esa niña, con cero educación; qué estás haciendo con tu patrimonio; a poco te crees que Clara tu mujer esta con el doctor”.
El bigotes de foca, no respondió, no parecía un general de cinco estrellas, se me imaginó un polvorón al que ya se le dio la primer mordida; en cualquier momento se desmoronaría.
Camino a la casa, con la voz rasposa y lenta -por las copas- me pidió que no platicará nada de lo que pasó en casa de sus hijos, hasta parecía amable.

Jueves 5
Hoy vino mi madre y trajo comida mexicana, de la que le gusta a El Viejo.
El General pidió dos platos de frijoles negros con epazote, dos de chicharrón en salsa verde, muchas tortillas recién hechas y se tomó tres tarros de caguama bien fría.
Logré que la chiquilla comiera un poco de pollo y la dormí, después de contarle un cuento de tres horas. El personaje era una malcriadita, con miedo al agua, que no tenía vestidos limpios pero usaba perfumes caros y se ponía las medias de su mamá. Le conté que el padre de la niña tenía miedo a los fantasmas que lo atacaba con cuadernos y plumas y que por eso se protegía con piedras, elefantes y humos raros. La madre de esa niña era una mujer con poderes y vestidos de princesa. En momentos la chamaca se daba cuenta que estaba hablando de ella y decía “muchacha así no el cuento, así no”. Ojalá los mejoralitos le hagan olvidar o su padre me mandará fusilar.
Ya quiero que termine la semana o moriré de un paro cardíaco. Es muy difícil entretener a esta niña y soportar las miradas de El Viejo.
Para animarme mi madre dejó que mi hermanita -de 13 años- se quedará a acompañarme, ella  volverá el sábado para traernos comida.

Viernes 6
Sigo en el cuartel con este par de demonios y la servidumbre (soldados y Mary) que hacen todo por pasar inadvertidos.
Los soldados todo el dìa tienen actividad, cuando no lavan carros, lavan ropa, limpian el jardín y hasta van por las caguamas y cocas, que es lo único que no falta en el refri.
Me volvió a regañar el hombre porque la niña no querìa comer, creo me llamó tonta, no lo recuerdo porque mientras el gritaba, yo miraba el grueso de sus cadenas y esclavas de oro, aunque para mi gusto, los elefantes con incrustaciones de piedras con propiedades disque  “curativas y espirituales”, las acorrientan.
Èl no recibe visitas, ni de sus hijos.
Creo que a El General y a su hija, las limpias de cada mañana y las que hace la mujer de Xochimilco, los sábados, sòlo los han hecho màs repulsivos.
Hasta el gusto por escribir estoy perdiendo con tanto regaño.

Domingo 8
Soy una fugitiva.
Ayer, la demonia amaneció peor, quizá le aumentaron la dosis de mejorales y coca, y con nada la logré entretener: El General quería escribir y la mugrosita corría como poseída por toda la casa; él insistía en que la bañara y ella gritaba como puerco en matadero. Fue tanto el desorden que hizo, que El Viejo comenzó a regañarme; sus ojos se convirtieron en luces de bengala y de sus labios salía un estruendoso sonido como de metralleta. Creo que las personas de la casa -Mary, mi hermana y los dos soldados- corrieron a ocultarse para salvarse de aquel ataque, yo no pude porque me tenía en la mira. Con cada grito de él, mi corazón latía más fuerte; mi cabeza estaba a punto de estallar, las piernas querían doblarse y mis labios temblaban sin control... pero le respondí:
 “Mire Señor yo podría educar a esta niña, pero primero lo tendría que educar a usted, que es un prepotente y mal orientado, porque le da cocas. Cómo quiere que la niña se porte bien si usted se porta mal con todos: Le causa gracia que la corran de escuelas, restaurantes y cines, porque piensa que usted le va a vivir para siempre, que con su dinero y el poder que le dan sus medallas podrá abrirle camino en la vida, pues no. No me culpe de lo que usted no ha podido hacer, además ni me va a pagar, mejor me largo de aquí”.
Sin mirarlo corrí a la recámara y guarde mi ropa, agarré la mochila y a mi hermana y salì por la puerta de servicio. No fue fácil llegar a mi casa, porque en esa zona no hay transporte público. Caminé de la mano de mi querida hermana, no la miré porque sentía pena que me viera llorando. Fueron muchos kilómetros y muchas lágrimas antes de encontrar a aquel portero que nos acercó a un taxi y éste al metro.
Ya pasaron 24 horas y no me han fusilado, seguro fue la comida de mi madre la que me salvo. No había querido hablar con nadie de lo que pasó, me encerrè en la recàmara y llorè hasta que me dormí.
El llanto me regresa cuando pienso en Mary, casi es una niña y tendrá que lidiar con El Viejo; cuando recuerdo a los soldados, querìan servir a La Patria y humillados sirven de bufones y criados, a un hombre que no sabe dar las gracias.