Reality en casa de El General
Esther Sánchez Calzada
Domingo 1/abril de 1984
Querido diario:Domingo 1/abril de 1984
A partir de este día, mi vida es incierta. Tengo la
misión de cuidar a una niña malcriada de cuatro años, hija de un general de
cinco estrellas, mientras su esposa asiste al médico en Estados Unidos.
Llegue al cuartel -una hermosa residencia ubicada en
Huixquilucan, estado de México- por la tarde y me recibió El General, un hombre
sin sonrisa, cuyos ojos pequeños miran con desprecio y en su rostro se dibuja
una constante exasperación. Es moreno, de baja estatura, vientre abultado, cabello
lacio, grasoso y bigotes de foca. Debe tener unos 70 años.
No tengo acceso al teléfono, televisión ni radio.
La rutina comenzará a las 7:00 y terminará hasta que
el objetivo decida descansar.
Lunes 2
Por fin llegó la noche, mucho que contarte…
A las seis de la mañana me despertó un olor raro, abrí la puerta de la recámara
-me asignaron una de arriba-, me asomé y miré movimiento en la sala; era El
Viejo que sostenía un bracero con ambas manos y lo movía en círculo. Así estuvo
hasta que el ocote redujo a cenizas la mirra, palo santo y romero. Abandonó el
lugar con pasos lentos, encorvado y arrastrando los pies.
Después de “la limpia” se dirigió a la cocina y salió con la mamila de la niña,
ella no toma leche, su primer alimento es una coca y dos mejoralitos.
Desayuné de prisa en la cocina, con Mary, una joven poblana de 15 años, dos
menos que yo. Ella arribó a este cuartel de muebles viejos la semana pasada y
debe limpiarlo. Me presentó al soldado de turno, quien se enlistó a las Fuerzas
Armadas el año pasado y desde enero de este año, lo comisionaron para ser
guardia de El General. El muy irreverente nos dijo, “me dí de alta en el
Ejército y terminé limpiando la casa y lavando ropa; hasta los calzones de la
esposa de El General me echan”. También nos platicó de la fiesta de la
niña, “ese día, dos soldados nos tuvimos que disfrazar de pitufos, con mallas
azules y gorro blanco”.
El soldado dijo que Clara siempre anda fuera y El General se pasa el día
escribiendo sus memorias y en un gimnasio ubicado al fondo de la planta baja.
Cuando llega la tarde, El Viejo se aplasta frente al televisor y se emboba con
las novelas del canal 2; le gustan varias, en especial La Traición, donde El
Indio Fernández protagoniza a un general.
El desayuno fue el único momento grato; estuve
corriendo detrás de la chamaquita, y ésta apenas probó la comida. El Viejo con
voz aguardentosa me advirtió, “muchacha la tienes que hacer que coma, para eso
viniste”.
La intente bañar y no se dejó; tampoco encontré ropa
en buen estado y eso me aflige, pues tiene puestos unos calzones muy sucios y
sin resorte. El General dijo que mañana tiene una cita con políticos y la niña
vendrá con él, entonces la criada, que soy yo, también irá.
Por cierto, no he visto libros en esta residencia, pero, la niña se metió al
cuarto de ejercicio y descubrí debajo de un aparato para correr, una colección
de revistas porno…
Martes 3
Alguien dijo que el miedo sólo existe en la mente,
pero, yo lo siento en todo el cuerpo; cuando La Diabla hace berrinche mis dientes castañean sin control y siento
una opresión en el pecho, entonces recurro hasta a las suplicas para que no se
vaya a dar cuenta El General. Soy una estudiante de preparatoria, llegue aquí para
cumplir con un favor a la amiga de la amiga de mi madre. La recompensa será un
gracias y la satisfacción de haber servido a un hombre tan importante (dicho
con ironìa). En caso de fallar, no se qué pasará. Al menos tres militares de
rango han sufrido arresto de hasta 48 horas por no haber cumplido los caprichos
de esta malcriada.
Conforme transcurren las horas, la misión se torna
peligrosa. Estoy agotando las armas. Como no le gustan las muñecas, ni los
juegos didácticos, recurro a contar cuentos, jugar escondidillas, dibujar
fantasmas y correr por toda la casa, pero, a esta niña de cabello enredado como
los hilos de una estopa, nada la mantiene quieta.
El Viejo, en las contadas ocasiones que se ha dignado
a hablar conmigo lo ha hecho casi de forma institucional, “le informo que a mi
hija la han corrido de varias escuelas y de restaurantes lujosos, pero no me
importa, a ella nadie la regañara, no se espante si nos echan de los lugares
que visitemos, pero no quiero que la niña vaya a llorar”, fin del
comunicado.
No hay un manual que describa lo que a la niña le gusta, sus horarios para
comer, dormir, bañarse, jugar, estudiar, sólo hay advertencias.
Hoy, fuimos a un Sanborns, y la mocosa, huesuda; vació
el azúcar y lanzó las servilletas de tres mesas; rompió tarjetas; tiró
juguetes; destapó dulces...ella aventaba y yo levantaba. El personal nos miraba
con odio. Me sentí cucaracha. Tenía ganas de darle un pellizco o decirle ¡basta!,
pero El General nos miraba de reojo, mientras platicaba con dos diputados.
Estuvimos en el Campo Militar y todo mundo le hizo
caravana a El Viejo, pero, en un pasillo estrecho del centro comercial empujo a
una señora para poder pasar y ésta lo alcanzó, se le paró enfrente y le dijo:
“Usted no tiene educación, casi me tira y no se digna en disculparse”, por supuesto, él se siguió de frente y la señora quedó trabada de coraje.
Entramos a un cine y a los
10 minutos salimos, porque La Diabla
quería correr por los pasillos y la gente comenzó a molestarse.
Miércoles 4
Se terminó la comida preparada que había dejado Clara y
qué crees, el viejo malvado le dice a la Mary: “Muchacha, quiero almorzar unos
huevos en salsa verde”. Pues ahí tienes que ni ella ni yo supimos cómo hacerlos
y aquello quedó un batidillo. Cuando El General los vio, se puso morado de coraje
y le gritó; “eso no sirve, maldita india còmo es posible que no sepas hacer
unos huevos, ahora te los vas a tragar tú”. Yo estaba con la chiquilla en la
sala, la pobre Mary se soltó a llorar, quise defenderla, pero el miedo me
paralizó.
Mary parecía una avecilla herida, pero, a la chamaca
demonia se le iluminó el rostro; corrió al lado de su padre y gritaba exaltada
“muchacha cómete los huevos, muchacha cómetelos”.
Nadie desayunó, bueno la demonia tomó su coquita con
mejorales, dos de los rositas.
Después de mediodía nos fuimos a la residencia de la
hija de El General. Ella y otro señor, son de su primer matrimonio; unos
profesionistas exitosos. Ambos son mayores que su madrastra Clara.
Ahí todo es lujo y buenos modales.
Después de interrogarme, me pidieron que me sentara a
comer con ellos. De un lado estaban los hijos y el yerno, del otro El General y
yo. A la malcriadita la cuidaron los sirvientes, estuvo menos latosa porque le
tiene miedo a sus hermanos.
Después de la comida comenzó lo bueno. Entre copa y
copa, los hijos le dieron una buena paliza a El Viejo. No te vayas a levantar,
me advirtieron. Y pues, ahí me quede. Ellos reclamaban; “convertiste el hogar
de mi madre en un cuartel y ahora te domina una mujer a la que le llevas mínimo
30 años; mira esa niña, con cero educación; qué estás haciendo con tu patrimonio;
a poco te crees que Clara tu mujer esta con el doctor”.
El bigotes de foca, no respondió, no parecía un
general de cinco estrellas, se me imaginó un polvorón al que ya se le dio la
primer mordida; en cualquier momento se desmoronaría.
Camino a la casa, con la voz rasposa y lenta -por las
copas- me pidió que no platicará nada de lo que pasó en casa de sus hijos,
hasta parecía amable.
Jueves 5
Hoy vino mi madre y trajo comida mexicana, de la que
le gusta a El Viejo.
El General pidió dos platos de frijoles negros con
epazote, dos de chicharrón en salsa verde, muchas tortillas recién hechas y se
tomó tres tarros de caguama bien fría.
Logré que la chiquilla comiera un poco de pollo y la
dormí, después de contarle un cuento de tres horas. El personaje era una
malcriadita, con miedo al agua, que no tenía vestidos limpios pero usaba
perfumes caros y se ponía las medias de su mamá. Le conté que el padre de la
niña tenía miedo a los fantasmas que lo atacaba con cuadernos y plumas y que
por eso se protegía con piedras, elefantes y humos raros. La madre de esa niña
era una mujer con poderes y vestidos de princesa. En momentos la chamaca se
daba cuenta que estaba hablando de ella y decía “muchacha así no el cuento, así
no”. Ojalá los mejoralitos le hagan olvidar o su padre me mandará fusilar.
Ya quiero que termine la semana o moriré de un paro
cardíaco. Es muy difícil entretener a esta niña y soportar las miradas de El
Viejo.
Para animarme mi madre dejó que mi hermanita -de 13
años- se quedará a acompañarme, ella volverá el sábado para traernos comida.
Viernes 6
Sigo en el cuartel con este par de demonios y la
servidumbre (soldados y Mary) que hacen todo por pasar inadvertidos.
Los soldados todo el dìa tienen actividad, cuando no
lavan carros, lavan ropa, limpian el jardín y hasta van por las caguamas y
cocas, que es lo único que no falta en el refri.
Me volvió a regañar el hombre porque la niña no querìa comer,
creo me llamó tonta, no lo recuerdo porque mientras el gritaba, yo miraba el
grueso de sus cadenas y esclavas de oro, aunque para mi gusto, los elefantes
con incrustaciones de piedras con propiedades disque “curativas y espirituales”, las acorrientan.
Èl no recibe visitas, ni de
sus hijos.
Creo que a El General y a su hija, las limpias de cada mañana y las que hace la mujer de Xochimilco, los sábados, sòlo los han hecho màs repulsivos.
Hasta el gusto por escribir estoy perdiendo con tanto regaño.
Domingo 8
Soy una fugitiva.
Ayer, la demonia amaneció peor, quizá le aumentaron la
dosis de mejorales y coca, y con nada la logré entretener: El General quería escribir
y la mugrosita corría como poseída por toda la casa; él insistía en que la
bañara y ella gritaba como puerco en matadero. Fue tanto el desorden que hizo,
que El Viejo comenzó a regañarme; sus ojos se convirtieron en luces de bengala
y de sus labios salía un estruendoso sonido como de metralleta. Creo que las
personas de la casa -Mary, mi hermana y los dos soldados- corrieron a ocultarse
para salvarse de aquel ataque, yo no pude porque me tenía en la mira. Con cada
grito de él, mi corazón latía más fuerte; mi cabeza estaba a punto de estallar,
las piernas querían doblarse y mis labios temblaban sin control... pero le respondí:
“Mire Señor yo
podría educar a esta niña, pero primero lo tendría que educar a usted, que es
un prepotente y mal orientado, porque le da cocas. Cómo quiere que la niña se
porte bien si usted se porta mal con todos: Le causa gracia que la corran de
escuelas, restaurantes y cines, porque piensa que usted le va a vivir para
siempre, que con su dinero y el poder que le dan sus medallas podrá abrirle
camino en la vida, pues no. No me culpe de lo que usted no ha podido hacer,
además ni me va a pagar, mejor me largo de aquí”.
Sin mirarlo corrí a la recámara y guarde mi ropa,
agarré la mochila y a mi hermana y salì por la puerta de servicio. No fue fácil
llegar a mi casa, porque en esa zona no hay transporte público. Caminé de la
mano de mi querida hermana, no la miré porque sentía pena que me viera
llorando. Fueron muchos kilómetros y muchas lágrimas antes de encontrar a aquel
portero que nos acercó a un taxi y éste al metro.
Ya pasaron 24 horas y no me han fusilado, seguro fue
la comida de mi madre la que me salvo. No había querido hablar con nadie de lo
que pasó, me encerrè en la recàmara y llorè hasta que me dormí.
El llanto me regresa cuando pienso en Mary, casi es
una niña y tendrá que lidiar con El Viejo; cuando recuerdo a los soldados, querìan
servir a La Patria y humillados sirven de bufones y criados, a un hombre que no
sabe dar las gracias.
El general no tiene quien lo quiera...
ResponderEliminar