Esperanza fallida
Lucía Cancino
El pelo volaba con el viento cubriendo el diminuto rostro de Ira; ella
era blanca, frágil, de facciones finas, bajita de estatura y muy delgada. Su
abundante cabellera se movía como medusa con el ventarrón. Intentaba
inútilmente mantener la vista despejada. El vestido veraniego serpenteaba
alrededor de su cuerpo, la piel se le puso chinita de frío. Una ligera curva en
el estómago, casi imperceptible, era la constancia del bebé que esperaba.
No tenía caso caminar, ¿hacia dónde? no tenía un lugar que la esperara.
Toda la ciudad estaba congelada después del ataque nuclear. No había más
qué hacer, la fe en las naciones era nula, rayaba en la abominación. La ciudad
irradiaba rayos y los edificios estaban derruidos.
Escombros, gente vagando. Muy lejos estaba de parecerse al Distrito
Federal de 31 de diciembre de 2015. ¿Quién sería el iluso de asegurar que era
el 1 de enero de 2016? El bebé pataleó, las contracciones se sentían cada vez
más fuertes: era su forma de pedir permiso para salir, aunque sólo tenía cinco meses
de gestación. Ira se escandalizó, esto no le estaba pasando a ella ni a su
bebé. Tenia miedo hasta de beber agua.
Cerca de los escombros estaba un sofá desvencijado en el cual se acostó
para recibir al niño. Como pudo se hizo un chongo, alzó su vestido y gritó
pujando al mismo tiempo. Un ser verde con escamas y cara de reptil salió de sus
entrañas. Lo tomó entre sus manos, por un momento creyó que estaba muerto. Le
dio respiración de boca a boca. El bebé aspiró profundamente y reaccionó
llorando. Ira lo cargo y amamantó hasta que salió sangre de sus pechos: murió
dándole de beber al niño, quien mordisqueó su cuerpo y a la luz de la luna
anaranjada se escondió abajo del sofá...
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