El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas
Roberto Aguilar Grimaldo
Con los ojos más abiertos de lo habitual, y visiblemente emocionado, mi hijo Alán me hizo la pregunta: “¿Es cierto papi que tú inventaste al Chupacabras?”.
No hallé que responderle. Frente a ambos un amigo
insistía.
-Tu papá es el creador del Chupacabras. Que te platique
la historia.
Hace rato recordaba esta anécdota al enterarme de la
muerte del periodista Enrique Gratas, quien fuera conductor del programa de
televisón de la Cadena Telemundo, Ocurrió Así, y donde colaboré durante casi 7
años como productor de campo en México.
¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra?, pues que fue
precisamente el tema del Chupacabras el que me abrió las puertas a cobrar en
dólares en la televisora internacional.
Por primera vez escribiré mi testimonio sobre el tema. Decidí
compartir la verdadera historia de cómo surgió el tema del Chupacabras en
Tamaulipas y México.
Como surgen muchas historias periodísticas, la cobertura
del Chupacabras comenzó por mera casualidad.
Era una tarde de domingo, en los primeros meses de 1996.
En aquel entonces aún era soltero y comenzaba mi carrera como reportero, en el
periódico Expreso de Ciudad Victoria.
Aprovechaba cada oportunidad de fin de semana para ir a
mi pueblo, El Carmen, Tamaulipas, jugar fútbol, ir al río, y convivir con mis
amigos; o disfrutar de una comida con rica salsa de mi mamá, jugo de naranja y
aguacates, todos productos de la región.
Allá estaba feliz rodeado de varios familiares bajo la
sombra de unos árboles de aguacate.
De pronto uno de mis tíos, Fernando Reyna, comenzó a
platicarme que hubo dos matanzas de borregos conocidos como peligüey en el
poblado cercano, El Barretal, y que la gente le echaba la culpa a un enorme
perro, propiedad de Don Goyo.
Lo escuché con atención, con esa pose que hacemos todos
los reporteros cuando los familiares nos cuentan una historia. Buscaba un
ángulo noticioso para terminar de “gancharme”.
“Estaré atento, si vuelve a ocurrir algo me llama tío, y
yo vengo entre semana”, le dije con amabilidad.
Más tarde me despedí de la familia y al siguiente día
volví a mis actividades habituales en Ciudad Victoria.
Era mediodía y no tenía aún tema para ir a redactar al
periódico. Cuando esto ocurre surge la tensión y uno comienza a idear para
cumplir con la chamba, ¿o no?.
Y que recuerdo...
¡El perro asesino!. Puedo ir a El Barretal a checar cómo va el caso y
tal vez salve el día.
Le comenté a mi compañero Melitón García de la Rosa
(posteriormente él fue corresponsal de El Norte-Reforma, editor de El Cinco y
fundador de Expreso Matamoros; actualmente es el director de La Razón en
Tampico) y lo convencí que me acompañara con una camarita kodak que él tenía.
No hubo viáticos. Nos fuimos en autobús.
El Barretal se ubica 38 kilómetros por la carretera a
Monterrey, en el corazón de la zona naranjera más importante del Norte del
país.
Antes de llegar está El Carmen, mi tierra natal, con
enormes Olmos que dan sombra y belleza a la carretera. También se aprecia el
legendario río Purificación. Uf, recuerdo y la nostalgia me invade. Yo le llamo
tierra santa. Es mi origen.
Sin perder tiempo nos dirigimos a las instalaciones de la
Secundaria Técnica del lugar, ahí en los corrales ocurrió la primera matanza.
Un encargado nos relató que fueron un total de 19
animales que aparecieron muertos. Los hallaron en el suelo en forma circular.
Efectivamente nos confirmaron que cruzando la carretera
un número similar de animales también murieron en otros corrales.
También acudimos a tomar fotos y que el afectado nos narrara
lo ocurrido.
La historia ya cobraba forma. Si hubo cuerpos de animales
sacrificados. Si había molestia y exigían que alguien les pagara los daños.
Pero faltaba saber ¿quién los mató?.
Los testimonios apuntaban hacia un presunto culpable: El
perro de Don Goyo.
Por respeto al rigor periodístico lo pensamos una, dos y
tres veces, ¿vamos a escuchar la opinión de Don Goyo?, era importante saber si
admitía la culpabilidad de su rabioso perro, y si pagaría o no.
Varias cosas me inquietaban. Y si se encabrona. Nos va a
ir muy mal a los dos. Ni modo, a esto nos dedicamos. Y nos dirigimos a su
domicilio. Esa decisión fue muy importante para mí en los siguientes meses de
trabajo.
Don Goyo hablaba con todas las partes del cuerpo.
Manoteaba emocionado.
De inmediato nos llevó a la parte trasera de su domcilio.
“Él es El Negro”, comentó y vimos a un perro negro
amarrado con una cuerda a un árbol, “ahí lo tengo siempre, ¿cómo pudo soltarse
para matar a tantos animales?”, cuestionó.
Y ya encarrerado, con aire de mucha seguridad, nos lanzó
una pregunta: “¿Han escuchado hablar del Chupasangre de Puerto Rico?”.
Le respondí que sí, en Primer Impacto y en Ocurrió Así.
“Pues eso los mató. Tengo las pruebas”, aseguró.
Lanzó una explicación. Cuando aparecieron muertos los
borregos de la secundaria, los directivos del plantel contrataron a un
carnicero, “Milín”, quien radica en El Carmen, para destazar los cuerpos.
Según él, hasta el mismo carnicero se sorprendió, porque
al abrir los cuerpos tenían poca sangre en el interior y presuntamente les
faltaban algunas vísceras.
“Por fuera sólo tenían de uno a tres orificios en el
lomo. Un perro o un animal salvaje los hubiera destrozado y ninguno lo estaba”,
aseguró Goyo.
La historia iba cobrando otro giro con el testimonio de éste
hombre.
Pero faltaba la cereza del pastel.
“Tengo un video. Para protegerme contraté a un
camarógrafo que grabó todo el trabajo del carnicero. Vamos a verlo”, explicó.
Y sí, vimos el video. Como no me lo prestó, le saqué
fotografías a la pantalla.
Ahora sí, con una mirada coincidí con Melitón de que era
la hora de tomar el autobús de regreso.
Ya no era un perro asesino. Tuve buen tiempo para
ofrecerle el tema a mi jefe, Francisco Cuéllar. Con algo tenía que tenerlo
contento, porque ya era tarde para ir a escribir. Perdón, a redactar.
Más tarde, en el caos vespertino de la redacción, no
atinaba a iniciar, en la pantalla solo se leía “Por Roberto Aguilar Grimaldo”.
“¡Hasta que te dignas a llegar!”.
El del grito era Cuéllar. Un personajazo. A veces gruñón,
en otras ocasiones muy acelerado, pero muy talentoso y pieza clave para que
Expreso tenga el éxito que actualmente tiene.
“¡Tranquilo!, traigo la portada papá. Me vas a tener que
esperar”, presuntuosamente bromeaba con él.
Subimos a su oficina. Cuéllar parecía no perder ningún
detalle y entender perfectamente de lo que le estaba hablando.
Giró algunas instrucciones muy precisas.
“Dale, recalca que existe un video de equis tiempo de
duración y lo que se observa en las imágenes. Relata toda la historia”, sugirió.
Emocionado aporree las teclas.
Hice algunas correcciones. Cuéllar dio algunas vueltas
para ver cómo iba y por fin terminé. Fue el origen de la cobertura en México.
¿Y el bautizo de El Chupacabras?.
Yo sugerí en varias ocasiones seguir como le llamaban en
la televisión internacional Chupasangre. Pero una y otra vez Francisco Cuéllar
dijo le vamos a nombrar Chupacabras. Es algo más local, cabras.
Y así se quedó. Después se vino la parafernalia de los
demás medios, la locura del tema tan polémico.
Unos días después tuve contacto con Telemundo y el
Chupacabras de El Barretal se internacionalizó.
Ya han pasado muchos años, pero en ocasiones dos de mis
tres hijos aún me insisten con el tema: Cuéntanos la historia del Chupacabras.
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