lunes, 12 de octubre de 2015

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas / Roberto Aguilar

El Chupacabras fue bautizado en Tamaulipas

Roberto Aguilar Grimaldo 

Con los ojos más abiertos de lo habitual, y visiblemente emocionado, mi hijo Alán me hizo la pregunta: “¿Es cierto papi que tú inventaste al Chupacabras?”.
No hallé que responderle. Frente a ambos un amigo insistía.
-Tu papá es el creador del Chupacabras. Que te platique la historia.
Hace rato recordaba esta anécdota al enterarme de la muerte del periodista Enrique Gratas, quien fuera conductor del programa de televisón de la Cadena Telemundo, Ocurrió Así, y donde colaboré durante casi 7 años como productor de campo en México.
¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra?, pues que fue precisamente el tema del Chupacabras el que me abrió las puertas a cobrar en dólares en la televisora internacional.
Por primera vez escribiré mi testimonio sobre el tema. Decidí compartir la verdadera historia de cómo surgió el tema del Chupacabras en Tamaulipas y México.
Como surgen muchas historias periodísticas, la cobertura del Chupacabras comenzó por mera casualidad.
Era una tarde de domingo, en los primeros meses de 1996. En aquel entonces aún era soltero y comenzaba mi carrera como reportero, en el periódico Expreso de Ciudad Victoria.
Aprovechaba cada oportunidad de fin de semana para ir a mi pueblo, El Carmen, Tamaulipas, jugar fútbol, ir al río, y convivir con mis amigos; o disfrutar de una comida con rica salsa de mi mamá, jugo de naranja y aguacates, todos productos de la región.
Allá estaba feliz rodeado de varios familiares bajo la sombra de unos árboles de aguacate.
De pronto uno de mis tíos, Fernando Reyna, comenzó a platicarme que hubo dos matanzas de borregos conocidos como peligüey en el poblado cercano, El Barretal, y que la gente le echaba la culpa a un enorme perro, propiedad de Don Goyo.
Lo escuché con atención, con esa pose que hacemos todos los reporteros cuando los familiares nos cuentan una historia. Buscaba un ángulo noticioso para terminar de “gancharme”.
“Estaré atento, si vuelve a ocurrir algo me llama tío, y yo vengo entre semana”, le dije con amabilidad.
Más tarde me despedí de la familia y al siguiente día volví a mis actividades habituales en Ciudad Victoria.
Era mediodía y no tenía aún tema para ir a redactar al periódico. Cuando esto ocurre surge la tensión y uno comienza a idear para cumplir con la chamba, ¿o no?.
Y que recuerdo...  ¡El perro asesino!. Puedo ir a El Barretal a checar cómo va el caso y tal vez salve el día.
Le comenté a mi compañero Melitón García de la Rosa (posteriormente él fue corresponsal de El Norte-Reforma, editor de El Cinco y fundador de Expreso Matamoros; actualmente es el director de La Razón en Tampico) y lo convencí que me acompañara con una camarita kodak que él tenía.
No hubo viáticos. Nos fuimos en autobús.
El Barretal se ubica 38 kilómetros por la carretera a Monterrey, en el corazón de la zona naranjera más importante del Norte del país.
Antes de llegar está El Carmen, mi tierra natal, con enormes Olmos que dan sombra y belleza a la carretera. También se aprecia el legendario río Purificación. Uf, recuerdo y la nostalgia me invade. Yo le llamo tierra santa. Es mi origen.
Sin perder tiempo nos dirigimos a las instalaciones de la Secundaria Técnica del lugar, ahí en los corrales ocurrió la primera matanza.
Un encargado nos relató que fueron un total de 19 animales que aparecieron muertos. Los hallaron en el suelo en forma circular.
Efectivamente nos confirmaron que cruzando la carretera un número similar de animales también murieron en otros corrales.
También acudimos a tomar fotos y que el afectado nos narrara lo ocurrido.
La historia ya cobraba forma. Si hubo cuerpos de animales sacrificados. Si había molestia y exigían que alguien les pagara los daños.
Pero faltaba saber ¿quién los mató?.
Los testimonios apuntaban hacia un presunto culpable: El perro de Don Goyo.
Por respeto al rigor periodístico lo pensamos una, dos y tres veces, ¿vamos a escuchar la opinión de Don Goyo?, era importante saber si admitía la culpabilidad de su rabioso perro, y si pagaría o no.
Varias cosas me inquietaban. Y si se encabrona. Nos va a ir muy mal a los dos. Ni modo, a esto nos dedicamos. Y nos dirigimos a su domicilio. Esa decisión fue muy importante para mí en los siguientes meses de trabajo.
Don Goyo hablaba con todas las partes del cuerpo. Manoteaba emocionado.
De inmediato nos llevó a la parte trasera de su domcilio.
“Él es El Negro”, comentó y vimos a un perro negro amarrado con una cuerda a un árbol, “ahí lo tengo siempre, ¿cómo pudo soltarse para matar a tantos animales?”, cuestionó.
Y ya encarrerado, con aire de mucha seguridad, nos lanzó una pregunta: “¿Han escuchado hablar del Chupasangre de Puerto Rico?”.
Le respondí que sí, en Primer Impacto y en Ocurrió Así.
“Pues eso los mató. Tengo las pruebas”, aseguró.
Lanzó una explicación. Cuando aparecieron muertos los borregos de la secundaria, los directivos del plantel contrataron a un carnicero, “Milín”, quien radica en El Carmen, para destazar los cuerpos.
Según él, hasta el mismo carnicero se sorprendió, porque al abrir los cuerpos tenían poca sangre en el interior y presuntamente les faltaban algunas vísceras. 
“Por fuera sólo tenían de uno a tres orificios en el lomo. Un perro o un animal salvaje los hubiera destrozado y ninguno lo estaba”, aseguró Goyo.
La historia iba cobrando otro giro con el testimonio de éste hombre.
Pero faltaba la cereza del pastel.
“Tengo un video. Para protegerme contraté a un camarógrafo que grabó todo el trabajo del carnicero. Vamos a verlo”, explicó.
Y sí, vimos el video. Como no me lo prestó, le saqué fotografías a la pantalla.
Ahora sí, con una mirada coincidí con Melitón de que era la hora de tomar el autobús de regreso.
Ya no era un perro asesino. Tuve buen tiempo para ofrecerle el tema a mi jefe, Francisco Cuéllar. Con algo tenía que tenerlo contento, porque ya era tarde para ir a escribir. Perdón, a redactar.
Más tarde, en el caos vespertino de la redacción, no atinaba a iniciar, en la pantalla solo se leía “Por Roberto Aguilar Grimaldo”.
“¡Hasta que te dignas a llegar!”.
El del grito era Cuéllar. Un personajazo. A veces gruñón, en otras ocasiones muy acelerado, pero muy talentoso y pieza clave para que Expreso tenga el éxito que actualmente tiene.
“¡Tranquilo!, traigo la portada papá. Me vas a tener que esperar”, presuntuosamente bromeaba con él.
Subimos a su oficina. Cuéllar parecía no perder ningún detalle y entender perfectamente de lo que le estaba hablando.
Giró algunas instrucciones muy precisas.
“Dale, recalca que existe un video de equis tiempo de duración y lo que se observa en las imágenes. Relata toda la historia”, sugirió.
Emocionado aporree las teclas.
Hice algunas correcciones. Cuéllar dio algunas vueltas para ver cómo iba y por fin terminé. Fue el origen de la cobertura en México.
¿Y el bautizo de El Chupacabras?.
Yo sugerí en varias ocasiones seguir como le llamaban en la televisión internacional Chupasangre. Pero una y otra vez Francisco Cuéllar dijo le vamos a nombrar Chupacabras. Es algo más local, cabras.
Y así se quedó. Después se vino la parafernalia de los demás medios, la locura del tema tan polémico.
Unos días después tuve contacto con Telemundo y el Chupacabras de El Barretal se internacionalizó.
Ya han pasado muchos años, pero en ocasiones dos de mis tres hijos aún me insisten con el tema: Cuéntanos la historia del Chupacabras.





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