jueves, 21 de enero de 2016

Palabras difíciles / Esther Sánchez


Palabras difíciles 

 
Esther Sánchez





Al escuchar el alarido, la mujer robusta entra corriendo al baño de mosaicos grises y mira en la tina de azul cobalto, a la niña recostada sobre su costado izquierdo; la llave, convertida en un volcán en erupción, escupe violentamente el agua, que se expande por el mueble y cubre la mitad del pequeño cuerpo.
La mujer de tez morena arranca la bata del toallero y abandona el cuarto de baño con la niña en brazos. No se detiene a cerrar la llave. Esta aturdida, le cuesta respirar y un cosquilleo recorre su cuerpo. Dos pares de ojos infantiles la observan inquisidoramente y la hacen trastabillar, pero logra llegar con el bulto a la cama, lo abandona y sale disparada en busca del teléfono.
El chillido escalofriante la persigue, retumba por toda la vivienda; anuncia la tragedia.
                                                              *****
Raúl se marcha cuando todavía esta oscuro y la vecindad en silencio. En el pasillo se encuentra a don Chava, quien carga dos vitrinas repletas de gelatinas y a Lupe, la del 4, que despide al último cliente de la noche. 
Angélica lo sigue de cerca. Él insiste en que se regrese, pero ella lo ignora; los 300 metros que caminarán hasta la avenida, es el único momento que estarán a solas. La penumbra y el fresco de la mañana serán sus aliados. La joven no durmió. Una década atrás no hubiera podido hacerlo y ahora ya nada se lo impide. Su corazón late con fuerza y ella aprieta los labios, no quiere que nada delate la sorpresa que tiene preparada.
Cada mes, Raúl es “huésped” -por dos días-, de Angélica y Martha. Llega con dos maletas repletas de perfumes, ropa y porcelana; extiende la mercancía sobre la cama y mesa, llenando de colores y exquisitos aromas la pequeña vivienda.
*****
Angélica es bravia, de ojos son grandes y profundos. Le gusta bailar, arreglarse el cabello y vestir minifaldas con mallones y blusas de manga, siempre en tonos pastel. En su armario no hay una sola prenda en color gris ni azul cobalto.
Pronto cumplirá 18 años y está feliz porque sus citas al hospital se han espaciado. 
Martha tiene 48 años. A los 30 comenzó a secarse luego de una quemadura en el tubo digestivo, Come poco y casi siempre desayuna lo mismo y en el mismo changarro; un sope sin grasa y con poquita salsa. Le quita la orilla y le da pellizquitos que se lleva a la boca, teme atragantarse. Ella dice que sólo disfruta la caguama, que le pasa sin lastimarle la garganta. Es limpia, pero se mira descuajeringada, porque todas sus prendas le quedan grandes y su ralo cabello no se aplaca. 
La “ayuda” de Raúl no alcanza para cubrir todos los gastos, por eso, Martha lava y plancha ropa ajena; quiere que Angélica sea profesionista.
*****
Las caderas de Martha eran redondas y tenía una hermosa mata de cabello negro cuando se enamoró de Raúl, un ferrocarrilero. Se casaron. Ella trabajó hasta después del matrimonio, quería no extrañarlo tanto. Siete años busó quedar embarazada. No sucedió y él le pidió el divorcio. Raúl se fue a radicar a Estados Unidos, pero regresaba al Distrito Federal y se hicieron amantes. 
En una de sus visitas  Raúl llegó a la vivienda de Martha con un pequeño bulto - producto de una aventura con sabrá Dios quien- y lo dejó sobre la cama: Ya tienes una hija, ¡cuídala!, le ordenó y se marchó
Martha llamó al bebé Angélica y la amó. Cuando la niña tenía tres años, Raúl la arrebató de sus brazos; tendrá una mejor vida, una familia, -le dijo- y se marchó.
Raúl se había casado en Estados Unidos con una mujer que tenía un hijo de siete años y una hija de nueve. Los hermanastros rechazaron a Angélica, pero al padre eso le pasó desapercibido.
Una tarde, los niños decidieron bañar a la huérfana en la tina; la desnudaron, la sentaron en el frío mueble, abrieron la llave del agua caliente y se escondieron detrás de la puerta.
Raúl y su mujer gringa no estaban, fue la sirvienta Aidee, salvadoreña de 40 años, quien corrió en auxilio de Angélica y fue ella, quien pagó con cárcel la maldad de los niños.
Las quemaduras fueron de segundo y tercer grado en el costado, brazo y pierna izquierdos; la niña estuvo 18 meses en el hospital. 
Raúl regresó a México un año después del “accidente”. Encontró a Martha envejecida y enferma. Las vecinas le platicaron que la ausencia de la niña la deprimió y comenzó a emborracharse. Abandonó el trabajo y hablaba de suicidio. Ellas, la hallaron convulsionando y el cuerpo lleno de vómito; había tragado veneno de ratas.
"Tendrás a tu hija de vuelta", prometió Raúl a Martha, quien sintió que el alma volvía a su cadavérico cuerpo.
Angélica tenía siete años cuando regresó al hogar de Martha y nunca la ha llamado madre.
*****
El grácil andar de Angélica contrasta con las zancadas de su padre. Caminan en silencio.
La respiración de Raúl es afanosa; Angélica tiene un brillo especial en el rostro.
En la niñez llegó a sentirse fea, repulsiva y huía de la compañía de otras personas, que no fueran Martha. Ahora, es su padre quien parece huir de ella.
- Ya no tarda en amanecer, dice él.
- Cierto padre, pronto veremos la luz de este nuevo día.
El taxi llega pronto, Raúl le da un beso en la mejilla y le dice ¡cuídate!
Angélica lo toma del brazo, acerca los labios al oído de su padre y le dice; “Salúdame a esos hijos de perra", su voz es como de rayo y el cuerpo del hombre se estremece, quiere alejarse, pero ella lo tiene prensado, no hay escapatoria. "Siempre supiste que fueron ellos, ya te perdone, te amo", le dice y lo suelta.
Raúl no sabe que responder, sólo atina a aventar sus maletas al vocho, se trepa, cierra la puerta y mira su reloj. El vehículo se aleja y él ya no levanta el rostro.
Angélica ya está de regreso a casa, el viento sopla, lacera su pierna y brazos quemados, no le importa, pronto saldrá el sol.
Llega a su vivienda, Martha la espera con el agua lista para que se bañe. Angélica se para frente a ella, la abraza con fuerza y le dice, ¡te amo madre!


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