Te quiero, pero mi mujer no me deja...
Fabiola Cancino
Sin
mirarlo siquiera, dobló el periódico y lo aventó encima de una silla.
Nerviosa, se paseó por la estancia mientras fumaba un cigarrillo y
dejaba que el humo se quedara dentro, en sus pulmones, el mayor tiempo
posible... lentamente lo dejaba salir y acomodaba los labios para que
escapara hacia arriba. No era una acción meditada, más bien lo hacía en
automático, así, en automático como rondaba una sola idea en su cabeza.
Una brasa cayó al suelo y fue apagada de inmediato por uno de sus pies
descalzos, como le gustaba andar cuando estaba en casa. No sintió dolor,
eran más fuertes sus sentimientos, que provocaban que su corazón
latiera desmesuradamente.
El periódico ligeramente se movió por el
peso y quedaron descubiertas dos palabras del titular: “Por amor”... esa
gastada palabra que tantas veces acariciaron sus labios cuando pensaba
en él y que no se atrevía a repetir ante nadie... después de su
historia, quién le iba creer que aún lo amaba.
Tomó el rotativo y lo
extendió. Dio varios pasos hacia atrás y leyó –una y otra y otra vez– la
frase, las ocho columnas del vespertino: “Se mató por amor”. No pensaba
en la joven, ni siquiera intentaba imaginar su historia, su vida, su
figura, a fin de cuentas para ella sólo representaba un fantasma, el
fantasma de las próximas, en eso volaba su mente, en las muertas
futuras, en su responsabilidad porque seguramente le seguirían varias,
de eso no tenía la menor duda y se sentía culpable por lo que nunca
ocurrió o que podría ocurrir...
Entonces le vino a la cabeza su
imagen de cuando era joven: En la escuela para señoritas todas eran
recatadas, obedientes, sumisas, incapaces de romper el orden, en el peor
o mejor de los casos, había unas con la habilidad de decir o hacer las
cosas más aventuradas para la época, a plena mitad del siglo XX, pero
siempre en la clandestinidad, pues ante autoridades escolares y padres
de familia eran las más chicas más sanas y sensatas.
Mariana siempre
fue distinta. La rebeldía en la sangre se manifestó desde muy pequeña,
su voluntad no se doblegaba ni siquiera cuando su padre –un español de
costumbres estrictas, venido de la Madre Patria como polizonte, que hizo
su fortuna de la nada y de la buena estrella, de la buena ventura de
ser “hijo del sol”– la castigaba con el encierro y sin alimento, por
llegar un par de minutos tarde a la casa o a la mesa, decir algo
“incorrecto” o negarse a comer algo que le desagradara. Mantenía la
mirada fija ante el regaño y lograba que su padre saliera de sus
casillas al percibir el reto, y ni con una bofetada bajaba la vista, al
contrario, parecía más fija, mientras sentía calor en la mejilla
enrojecida.
La escuela a la que entró de joven era la misma a la que
acudían todas las señoritas de la época, para convertirse en maestra,
profesión que no era mal vista entre la clase media y algunos
adinerados. De hecho, muchas sabían que no iban a ejercer la carrera,
pues el destino ya estaba marcado para casarse y tener hijos.
Mariana
no pensaba en el futuro, quería beberse el mundo y los pequeños sorbos
siempre eran insuficientes, quería más... Una tarde después de pelear
con su padre, decidió que no quería ese futuro y decidió casarse con el
primero que apareciera.
Varias tardes después, el único maestro de la
escuela, bastante más grande que ella, la invitó a salir, le dijo –sin
cortapisas– que le gustaba, aunque ella en el fondo sabía que le
gustaban todas, y sin mediar un romance, a media escalera, ella le pidió
que se casarán... ni siquiera eran novios y unos días después se
consumó el matrimonio. Ya era mayor de edad y no le importó el enojo de
su padre, el llanto de su madre y las súplicas de sus hermanas.
Sin
chistar, se dieron el sí quiero ante el juez civil; “después vendría la
bendición del cura aunque ya sin vestido blanco”, pensó, pero eso nunca
pasó.
La “luna de miel” la pasaron con la familia del él, en el
pueblo, y más que nada fue una visita para pasar la prueba con la
suegra: lavó a mano el piso de cantera roja, cuadro por cuadro, y
preparó la salsa “borracha”, deshaciendo en la mano el chile pasilla,
suavizándolo con jugo de naranja... no le pidieron que “echara” tortilla
pues “vienes de la ciudad y allá no saben de eso”, pero pasó la prueba y
ya con la aprobación de la familia, se juraron amor eterno y estar
juntos “hasta que la muerte nos separe”.
La realidad la golpeó muy
pronto. No había pasado ni un mes de feliz matrimonio cuando ya no se
soportaban, pero ella lo seguía amando. La separación fue inevitable,
como inevitable fue que llevara en las entrañas al “hijo del amor”.
Con
todo, la pasión no murió y cada jueves lo esperaba en casa. Compraba
los cigarros preferidos de él, comentaban lo más importante de sus vidas
en la semana y hacían el amor... y así, en un tris, pasaron 18 años o
¿20 años?, ya no lo recordaba, de cualquier manera ahora daba lo mismo.
Los primeros años él insistió en que le diera el divorcio, pero ella se negaba. “No. Eres y serás siempre mi esposo”.
En
cambio, él continuaba igual que entonces, cuando se conocieron, tras
jóvenes ingenuas queriendo conocer el mundo con el “cosmopolita”... Y
cuando la relación no daba para más, sencillamente las dejaba y sus
súplicas no tenía eco, además de que tenía el pretexto perfecto: “Mi
mujer no me da el divorcio”.
En múltiples ocasiones conseguía la
dirección y las jóvenes suplicaban a Mariana que lo dejara libre. “Por
favor, señora. Él me ama, pero si usted no lo deja, me va a abandonar”.
Ni el llanto ni los argumentos más elaborados la hicieron cambiar de
opinión... Esa tarde fue distinto.
Cuando sonó el timbre, con pereza
fue a abrir... Entonces vio a una señora con los ojos hinchados,
despeinada y vestida de negro...
Sin permitirle preguntas y sin saludo de por medio, la extraña atravesó la estancia y le aventó el periódico sobre la mesa:
–“Por
favor señora, dele el divorcio de una vez... Mi hija se mató... No lo
pude impedir... Un día antes yo había reñido con ella porque no lo
quería dejar... ella me aseguró que él la quería, pero que no se podía
casar por su negativa de darle el divorcio. Ahora mi hija está muerta,
no quiso creerme que era una excusa, que no le interesaba casarse, sólo
quería robarse su juventud... ¿cuántas más espera que mueran?”, escupió
cada una de las palabras.
Nuevamente se dio la vuelta y salió.
Mariana
se quedó temblando, no entendió nada, o mejor dicho no quiso
entender... leyó el periódico atónita, lo volvió a leer, lo releyó... no
había duda: “La joven Cristina N. se quitó la vida al cortarse las
venas en el baño de su casa. En la carta póstuma declaró que fue por
amor, ya que su novio, un maestro de la escuela donde estudiaba, se negó
a casarse con ella, pues ya tenía un compromiso matrimonial, según el
roto, pero su esposa se negaba a dar el divorcio...”.
Cuando vio la
foto, recordó esos ojos negros, suplicantes, que 15 días atrás –un mes
tal vez–, decían más que las frases que la joven intentaba articular
pero que, en su candidez, no encontraba las palabras, sólo se percibía
la humillación por el rechazo..
Debo admitir una debilidad o pereza: los textos web me gustan cortos, sólo cinco o seis párrafos. A la pregunta: “¿Ya leíste mi blog?” no pude mentir y dije la verdad. Sí, es mi amiga, pero si algo me arruina es no saber mentir. Y bueno confesé que solo leí la mitad. Ahora mismo, próxima a mi salida de un día muy pesado de trabajo, me obligué a leerlo como un ejercicio de relajación. Tal vez con el desahogo de saberme casi fuera me gustó la historia, ahora sí me atrapó, pero algo me faltó en el remate, tal vez: "...ante aquel afán de creer que ahora sí sería amada".
ResponderEliminarNo seas floja, Lulú.
EliminarMorir de amor o por bruta, como diría una filósofa.
ResponderEliminar