Prohibido
Katia Torres Fragoso
Se enamoró aunque estaba prohibido y Mauricio sabía que eso le iba a costar. No era nada personal, así funcionaban las cosas en el Instituto. Incluso estaba en el reglamento general de operaciones en el apartado 22, regla 91, punto 11:
"El investigador asignado tiene prohibido interactuar con su objeto de estudio. De violarse lo establecido en esta norma, el investigador será sometido a un juicio interno con los miembros del Consejo Ejecutivo para determinar su sanción que puede ir de su renuncia definitiva a una sentencia de hasta 10 años de cárcel. Si se comprueba que el investigador y el objeto de estudio sostienen una relación amorosa, la pena, para ambos, es la muerte".
Pero como todos sabemos, el amor no es algo que pueda elegir, ni que suceda de un día para otro, si acaso es similar al nacimiento de un lunar, de esos que están ahí incluso antes de ser visibles, cuando de pronto sale una pequeña pista de su existencia, una leve coloración obscura, hasta que finalmente alcanzan su color final. Cuando se llega a ese punto ya no se puede negar su existencia. Lo mismo le pasó a Mauricio.
Él siempre dejaba al último el análisis que hacía de Andrea Serrano, una joven de 27 años que había sido elegida como objeto de estudio por continuamente participar y organizar marchas en contra de las políticas de gobierno y especialmente por ser la sobrina de uno de los senadores del partido de oposición. Para Mauricio, hacer el reporte del día sobre ella era una especie de postre laboral al final de un día de trabajo rutinario.
Como especialista en redes sociales, Mauricio debía hacer un informe detallado sobre las publicaciones que hacían a lo largo del día sus objetos de estudio, así como las páginas a las que les habían dado clic a partir de alguna de sus redes, y la parte más divertía, debía revisar cada una de las conversaciones vía chat que habían sostenido en esa jornada.
En general cualquiera de sus otros tres objetos de estudio era bastante anodinos. Hacer el reporte de ellos era algo pesadísimo. Todos los días cuando llegaba a la oficina, más o menos a las 9:00 de la noche, se preparaba un café sin azúcar y se sentaba frente a su computadora para revisar las redes de Rosita Rodríguez, era a la que más odiaba de todos sus objetos de estudio, sobre todo porque era una mujer profundamente amargada y tal amargura destilaba a lo largo y ancho de sus redes.
Le fastidiaba empezando por su nombre, no lograba entender como una persona en su sano juicio podía ponerle "Rosita", en diminutivo, a alguien como nombre de pila. Tal vez era eso, su papá era un borracho y eso justificaba su amargura. Como fuera el caso, Rosita ocupaba el primer lugar porque era la más molesta. Sus post siempre rondaban entre quejas hacia el gobierno, hacia su ex marido y hacia las transnacionales y las páginas que visitaba tenían que ver con todo lo relacionado con el yoga y lo pro animal.
Sus conversaciones no eran mejores, generalmente platicaba con tres personas. Su madre, quien solo le escribía para que la llevara en su auto a algún sitio o porque se le había acabado el dinero; con una amiga, que era una calca de su personalidad y juntas se quejaban de todo, y también con su ex marido al que le quería quitar su casa usando cualquier clase de chantajes, que iban desde alegar trauma emocional porque él nunca pudo entenderla, hasta fraude, porque ella creía antes de que se casaran que él ganaba más dinero.
En varias ocasiones Mauricio pidió que le quitaran a Rosita, alegando que no había razón suficiente para ser investigada, sobre todo porque ella llegó ahí luego de que en una ocasión asistió completamente desnuda a una manifestación y luego le prendió fuego a un automóvil, Mauricio suponía que tenía que ver con alguna pelea con su ex marido, pero el Consejo Consultivo le dijo que siguiera con su trabajo.
El día seguía con Arturo Ruiz, maestro de sociología en una universidad privada, que gustaba de ligarse a sus alumnas por internet, su frase favorita: "no creas que no me doy cuenta como me ves cuando hablo de Hobsbawm en clase, nadie lo encuentra tan apasionante como para hacer esos ojitos". También hablaba por chat con su hija, que trabajaba como estilista en un caro salón de belleza, además de eso solo se dedicaba a hacer comprar por internet de libros usados y suplementos de cocina.
Durante su juventud viajó a Cuba en busca de rastros del socialismo al que tanto amaba, pero regresó un mes más tarde, sabiendo que probablemente había dejado a una de sus amantes embarazada, su nombre era Julenka y según la describió en una ocasión a uno de sus amigos, con el que no tiene mucho contacto por chat, ella era “una delicia mulata: como ver a una rumana de piel morena y ojos azules”. Arturo quiso regresar, pero meses después conoció a la madre de su hija y al final eso lo detuvo.
Aunque Mauricio sentía pena por varias de las estudiantes acosadas, a veces se divertía con el desenlace de algunos de sus ligues En una ocasión, el novio de una de ellas los encontró teniendo sexo en el estacionamiento de un supermercado, la madre estaba detrás del muchacho y le lanzó huevos al profesor y a la joven.
Luego era Samuel García, de 14 años. Aunque virtualmente peligroso para la sociedad, no lo era para el sistema. A Samuel le gustaba fabricar bombas molotov que explotaba en las colonias aledañas a su casa, en la puerta de su secundaria o en ocasiones en algunos negocios. En sus redes nunca hablaba de sus planes, solo publicaba fotos una vez consumados los hechos.
A veces se podía predecir lo que iba a hacer porque visitaba páginas de tutoriales para hacer armas de fabricación casera.
Y finalmente estaba Andrea, de la cual, de pronto, supo que amaba.
“El fin no justifica los medios, pero cuando se tiene pasión por lo que se cree, entonces las justificaciones sobran”
Sí, era una frase cursi, un poco rebuscada y algo más absurda, pero para Mauricio fue la revelación de su amor por ella. Lo triste es que no se la dijo a él, sino a su novio y Mauricio simplemente era un espectador.
Entregó el reporte del día y salió con rumbo a su casa. Eran las tres de la mañana. Desde que tomó ese trabajo le impresionaba la cantidad de gente que había en las calles a esa hora: mujeres paseando a su perros, repartidores de periódico, borrachos y gente extraña con largos abrigos. Le fascinaba que esa gente saliera sin importarle la hora o nada más.
-Si yo fuera un poco más como ellos, Andrea estaría conmigo, y nos casaríamos- dijo, pero se sintió ridículo, porque recordó que media hora antes habría querido escribir algo inusual en el estudio de Andrea. Poner, por ejemplo, que estaba realizando reuniones para preparar un golpe al sistema o algo para vengarse de ella, por tener un novio que no fuera él.
A partir de entonces pasaron varias semanas y su amor por ella crecía. Sus ansias se desataban siempre que estaba a punto de terminar el reporte de Samuel y sentía que se le caía el corazón al estómago cuando Andrea subía una foto nueva de ella.
Para ese punto, Mauricio conocía su escritura perfectamente, sabía diferenciar una frase de enojo sarcástico, de una de furia real. Se sentía orgulloso, porque sabía que Juan, el novio de Andrea, no era capaz de eso. Se alegraba cuando peleaban y caía en depresión cuando se arreglaban. Conocía su libro favorito, su rutina, sus gustos culposos, le sorprendía saber esos detalles tan íntimos, pero, a la vez, no conocer la verdadera textura de su piel o cómo cambiaba su mirada tras una risa fortuita.
Un día, notó que Andrea le dio “asistir” a la invitación de un evento en una de sus redes sociales. Mauricio no lo podía creer, ella nunca daba “asistir” y menos a una fiesta de un amigo con el que casi no hablaba. Al revisar su chat vio que Juan le dijo que él no podría ir.
Mauricio mordió su labio, las manos le sudaban, pero decidió escribir en un papel la dirección, la hora y el día de la reunión. Faltaba una semana.
Los primeros dos días sacaba el papel de su bolsillo por un par de segundos y luego lo volvía a guardar, temía que sus compañeros de trabajo en el Instituto pudieran leer sus pensamientos, lo denunciaran y terminara preso, luego se tranquilizaba.
- Si en el Instituto pudieran leer las mentes, no se dedicarían a espiar- se decía a si mismo.
Al tercer día fue a la dirección de la fiesta, estuvo de pie unos 10 minutos frente a la puerta y se fue. No podía con los nervios, ¿cómo le hablaría? , no, primero, ¿Cómo se acercaría a ella?, ¿Qué pasaba si lo descubrían? Pero sabía que debía seguir con el plan, lo más probable es que nadie se enteraría, pero si lo hacían no importaba, porque conocer a Andrea era lo único que ocupaba su mente.
El día de la fiesta era sábado, su día de descanso. Se puso una camisa azul con rayas que había comprado para la ocasión y se puso un poco de colonia.
Entró a la reunión con éxito, buscó por toda la casa pero no la encontraba, no había llegado. Salió a la terraza, bebió una cerveza y una hora después entró de nuevo, pero nada. Se sentó en el sillón y una joven de cabello largo y negro se sentó junto a él.
-No conoces a nadie, ¿verdad? Yo tampoco, me llamo Ana.
Ana y Mauricio platicaron por una media hora, le pareció simpática y bonita, pero de su mente no se apartaba la idea conocer a Andrea.
De pronto del otro lado de la casa oyó a alguien gritar, “Andrea, ¿qué haces aquí?”.
Mauricio giró la cabeza y la vio. Era ella, pero una versión menos atractiva. Sus ojos eran más pequeños, su nariz más grande, su peso era mayor y cojeaba un poco de la pierna derecha. Era ella, pero no era ella. Mauricio se sintió decepcionado por lo que veía y luego se sintió decepcionado por haberse decepcionado en primer lugar. Pensó que él se había enamorado de quién era ella, no de cómo se veía, así que se acercó a platicar.
Al principio ella se mostraba renuente, pero al final empezó la conversación. Conforme ésta avanzaba, Mauricio no encontraba similitudes entre la versión virtual y la real. Su voz era muy aguda y sus pensamientos no era tan articulados, hablaron del libro favorito de Andrea, pero ella le dijo que ya no le gustaba tanto. Mauricio sintió un mareo.
-A todo esto, ¿en qué trabajas, Mauricio?
-Trabajo en una oficina de gobierno- dijo nervioso y esperó que no le preguntara más sobre eso.
-Debes ganar bien, pero qué hueva, seguro eres un burócrata- dijo riendo.
-Sí, sí soy, bueno creo que me tengo que ir.
-Ok, bye- dijo Andrea y se dio la vuelta.
Mauricio entró al baño, se lavó el sudor de la cara. Le dio vueltas al asunto, pensó en posibilidades por las cuales su anhelado encuentro con Andrea no fue como él esperaba, buscó dentro de sí un poco del amor que creía sentir por ella y no encontró nada.
-Pero si yo habría estado 10 años en la cárcel por este momento, rompí las reglas, hice lo prohibido, pero si yo la amo, pero si … Ana, debo pedirle su correo a Ana.
Ohhh me encantó!!! ¡¡¡FELICIDADES!!! Nunca imaginé que el cuento tendría ese final!!!
ResponderEliminarRomper las reglas... Siempre. Gran historia, Katia.
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